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Marguerite Duras

Marguerite Duras

Marguerite Duras (1914-1996)

Marguerite Duras, proveniente de una familia francesa, nació en Saigón (hoy Ho Chi Minh), Vietnam, en 1914. A los dieciocho años viajó a París, donde realizó sus estudios y comenzó a escribir: su obra atravesaría una multiplicidad de géneros. Duras escribió cuarenta novelas (El amante, El vicecónsul, Un dique contra el Pacífico, El arrebato de Lol V. Stein, El amor, entre otras); obras de teatro, como Agatha, y guiones cinematográficos, como el de la famosísima Hiroshima mon amour; entre sus ensayos, se destacan los textos reunidos en Escribir. Sus obras fueron traducidas, y al morir, en 1996, ya se había convertido en un clásico de la literatura francesa y mundial. En 2014 se cumplen cien años de su nacimiento y treinta de la publicación de su novela más famosa, El amante, con la que ganó el Premio Goncourt.

La vida, la escritura y la historia de una chica extraña
En 2006, diez años después de la muerte de Marguerite Duras se editaron los Cuadernos de la guerra, un conjunto de textos que la autora había dejado en cuatro cuadernitos guardados en un sobre y, se supone, fueron escritos entre 1943 y 1949, es decir, durante la Segunda Guerra Mundial e inmediatamente después. En el comienzo del primer cuaderno, el rosa marmolado, hay un extenso escrito autobiográfico, donde una joven Duras –posiblemente no tuviera aún treinta años– narra por primera vez muchas de las historias que formarán parte de sus novelas. Cuenta ahí de la infancia en Saigón, la colonia francesa donde permaneció con su madre y sus dos hermanos tras la muerte temprana de su padre hasta los dieciocho, cuando se marchó a estudiar a París: las dificultades para poner a producir los campos que le habían sido dados a la madre, la pobreza, las deudas. La complicación de ser, por un lado, de la clase alta constituida por los colonizadores franceses, pero ser, por otro lado, pobres.
En la bellísima escena que cierra el primer relato, la niña consigue ser eximida de salir el domingo al paseo con sus compañeras del pensionado, pues es más fuerte que ella, no puede ir a pasear en fila. Sale, entonces, sola. Pero las niñas blancas no andaban solas, se las guardaba, a causa de la promiscuidad de los indígenas. Ella sale, y todos la miran, porque es blanca y, además, porque está ridículamente vestida. La madre la viste como puede: La falda me llegaba más abajo de las rodillas, tenía pecho, llevaba un sombrero verde manzana, un vestido de flores azules, zapatos de charol y un bolsito, y caminaba con los ojos bajos, sin mirar a nadie, nada más que mis pies, en un estado de horrible incomodidad […] Yo era el equívoco personificado.

No lo sabía, la gente tampoco, y se preguntaban, mirándome, qué era aquello que no habían visto jamás. Pese a ello, no piensa en volver. Continúa y decide entrar a un cine. Pero el dinero apenas le alcanza para las avanzadas, donde va la escoria de la ciudad. Mestizos, anamitas, todos amontonados en sillas de mimbre. El camino hasta esa zona, separada por un espacio vacío de la fila de butacas ocupadas por los blancos es desesperante. Pero la niña, bajo las burlas de los franceses y la estupefacción de los indígenas, llega, empapada en sudor: de repente todo quedó a oscuras y se oyó tocar el piano. Salí de mi torpor. Se proyectaba ‘Casanova’. La película me pareció de una belleza determinante. Salí consolada. Había visto a Casanova besar a una mujer en la boca y declararle su amor.

Duras es –o se escribe, ya que para ella los dos verbos significan cosas parecidas– excéntrica, tanto entre los colonos franceses como entre los colonizados vietnamitas. Y un día, en el transbordador en que viaja a la escuela, cruzando el Río Mekong, conocerá al que será su primer amor y su gran objeto literario: un vietnamita –chino, le dice ella, a veces, indígena, chino del norte, anamita: como sea, no francés– millonario. Marguerite, que tiene quince cuando lo conoce, se deslumbra con sus autos, sus anillos. Se avergüenza de ser pobre ante él y se avergüenza de ser vista con él, por la calle. Su familia la hace sentir esa vergüenza, la tratan de prostituta. Los hermanos le pegan, la madre llora. Después, o, en realidad, al mismo tiempo, comienzan a pedirle dinero. Al final, o al mismo tiempo, también, él los lleva a todos a cenar, a bailar, a lugares elegantes. La madre y los hermanos toman champagne, pero no le dirigen la palabra al hombre. En su primera aparición, la del cuaderno rosa marmolado, el amante chino se llama Leo y es feo, muy feo. El hermano mayor de la niña lo llama el feto, o ese pedazo de feto tuyo, o incluso ese cochino sifilítico tuyo. El primer beso no se parece en nada al de Casanova. Duras no puede dejar de escupir: había sido besada por un feto, la fealdad había entrado en mi boca, había comulgado con el horror. Había sido violada hasta en el alma. Y en otra parte aclara que no tuvieron relaciones hasta dos años después, y una sola vez.

En la novela El amante, escrita por Duras cuando ya tenía setenta años, la historia es diferente: es una historia de amor y pasión, sentimientos que la película, estrenada en 1991, exacerba aún más. La película cuenta el drama de un amor tan inconmensurable como prohibido. Unas de las primeras frases del libro dice: Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde. A los dieciocho años ya era demasiado tarde. Posiblemente muchos de los que hayan leído la novela, en especial quienes lo hicieron cerca de los dieciocho años, recibieron el impacto de esa frase, y la recuerdan. El amante cuenta la historia de cómo en una vida tan joven se hace demasiado tarde, la marca de esa historia en el rostro. Y produce una marca similar en el lector.
En 1990, al enterarse de que el antiguo amante ha muerto, Duras vuelve a escribir esa historia, que será publicada ahora como El amante de la China del norte. Cuenta en el prólogo de ese libro: Supe que él había muerto hacía años […] Abandoné el trabajo que estaba haciendo. Escribí la historia del amante de la China del Norte y de la niña: ella todavía no estaba allí en El amante, faltaba el tiempo alrededor de ellos. Escribí este libro en la enloquecida felicidad de escribirlo. Permanecí un año en esta novela, encerrada en todo aquel año del amor entre el chino y la niña […] No había imaginado en absoluto que pudiera producirse la muerte del chino, la muerte de su cuerpo, de su piel, de su sexo, de sus manos. Durante un año reencontré los tiempos de la travesía del Mekong en el transbordador de Vinh-Long.

Así, la literatura se despliega por última vez para construir a ese hombre que no está y a esa relación que con los años se convirtió en amor, también gracias a la escritura. Y es que la escritura, para Duras, es, entre otras cosas, un espacio vital. El libro Escribir, que dedicó justamente a reflexionar sobre estos temas –compuesto de pensamientos fragmentarios, angustiosos, ahogados a veces en vasos y vasos de whisky– habla casi todo el tiempo de la casa, en Neauphle, en la que vivió y produjo muchos de sus libros, como las novelas El vicecónsul y El arrebato de Lol V. Stein. La escritura es esa casa. Es la vida misma, su fuerza: Uno se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo.

Por eso es tan difícil hablar de la obra de Duras sin hablar de su vida. Del mismo modo, es difícil hablar de su vida sin hablar de su obra: la escritura da cuenta de las marcas de la vida. Nada más ajeno a Duras que la disyuntiva que planteara Jorge Semprún: la escritura o la vida –y se dice que fue Semprún quien escribió el informe a raíz del cual Duras fue expulsada del Partido Comunista, en 1955 –. Las grandes marcas de la vida de Duras, que aparecen ya en los Cuadernos de la guerra, son después escritas: no suturadas por las palabras, sino confirmadas, vueltas a trazar, una y otra vez, hasta hacerse marcas en el lector.
En una de las entrevistas que le realizó la periodista Xavière Gauthier –editadas en el libro Las conversadoras–, Duras habla de su novela El arrebato de Lol V. Stein, que suscitó el interés de Jacques Lacan: ¿Es Lol sujeto u objeto de ese arrebato?, se pregunta Lacan. ¿Es ella arrebatadora o arrebatada? ¿La marca (ya que hablamos de marcas) la histeria o la psicosis? La novela cuenta la historia de Lol V. Stein, cuyo prometido, una noche de verano, en un baile, se enamora de otra mujer ante sus ojos. Lol no puede reaccionar hasta que sale el sol. Entonces, enloquece. Durante un tiempo, debe reposar, pero se repone. O parece haberse repuesto. Se casa, tiene hijos. Tiene una casa, una vida. ¿Puede haberse repuesto? En Las conversadoras, entonces, afirma Duras: ella hace todo como si fuera posible; le enseñaron a hablar, a caminar, a casarse, a hacer el amor, a tener hijos y todo sucede… Pienso que muchas mujeres son así, caramba, lo pienso de repente; hacen su trabajo como si fuera dictado por un hombre. Pero para Lol V. Stein el asunto estaba facilitado porque en un principio la omisión del dolor, en fin, si usted prefiere, esa especie de fracaso en la tentativa que hizo para alcanzar el amor de la pareja de Anne-Marie Stretter y de Richardson, fracasó totalmente, es decir que allí también hay un eslabón que ha faltado. Los celos no fueron vividos, el dolor no fue vivido. El eslabón ha saltado, lo que hace que en la cadena todo lo que sigue sea falso, esté en otro nivel.

Escribir es, pues, seguir el trazado de la cadena dolorosa. No saltearse el eslabón, sino habitarlo. Permanecer firme y avanzar ante las miradas extrañadas de todos los bandos: moverse en esa extrañeza. Lo contrario, se ve en Lol Stein, es la locura, el descalabro, la pérdida. Así, Duras escribirá también todos los otros sufrimientos que vendrán: la muerte del hermano, la muerte del hijo, el divorcio, el alcoholismo, pero también la guerra, la resistencia francesa, la reclusión del marido en un campo de concentración. La historia del siglo XX se entrelaza, en la obra de Duras, con la vida y la escritura, en un solo nudo tan doloroso como potente, que tal vez no sea posible –ni deseable– desatar.
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