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Sentada en su verde limón

Marcial Gala

Con el reciente éxito en nuestro país de Leonardo Padura -en especial de su novela El hombre que amaba los perros, sobre la vida en el exilio de León Trotsky- comenzó a subsanarse un desconocimiento de años sobre la literatura caribeña en general y cubana en particular. Si con algo asociábamos a Cuba era con la revolución y, en cuanto al arte, a la música de la Nueva Trova. No mucho más: nuestra idea de la literatura cubana por poco empezaba y terminaba en José Martí. Desde hace unos años, la editorial Corregidor está colaborando con la corrección de ese defecto -nuestro, desde luego- con la publicación de algunas de las novelas de Marcial Gala, en su colección Archipiélago Caribe: La catedral de los negros, en 2015 -publicada originalmente en 2012- y, ahora, Sentada en su verde limón, de 2004.
 
Para Marcial Gala, sin embargo, ese desconocimiento de lo que se escribe en Cuba termina por jugar a favor: su escritura no puede menos que sorprender. Hasta la lengua que hablan sus personajes resulta extraña, inesperada. Pero tal vez lo que más sorprende es que esperamos que todo arte en Cuba sea propaganda revolucionaria. Marcial Gala, en cambio, escribe después de la caída de la Unión Soviética, y habla, como dice él mismo en una entrevista con Télam, de lo que ha sucedido al hombre cubano "tras muchos años de búsqueda de la utopía del hombre nuevo, que resultó en parte, pero en gran parte no resultó".
 
De hecho, Sentada en su verde limón transcurre en la ciudad de Cienfuegos durante el llamado "Período especial", los años que siguieron a la caída de la Unión Soviética, marcados por el recrudecimiento del bloqueo de Estados Unidos y una profunda crisis no solo económica sino también humana, un momento de resquebrajamiento del horizonte de futuro que había orientado la vida en Cuba desde 1959. La historia es la de un extraño triángulo amoroso, compuesto por Harris, un saxofonista alcohólico que vive de la gloria del pasado, la jovencísima Kirena, que sueña con ser poeta, y Ricardo, un pintor que muy cada tanto vende algún cuadro, más reconocido en el barrio por pasarse el día fumando marihuana.
 
Las verdaderas historias de amor suelen terminar mal, dice la contratapa. Pero esta historia, antes de terminar mal empieza mal: empieza, podría decirse, sabiendo que va a terminar mal: "no podía hacer nada por ella, salvo estar sentado a su lado y abrazarla y decirle no temas, Kirenia, todo se va a arreglar, aunque ambos sepamos que nada se arregla porque no hay nada que arreglar". Y es que en esta novela los personajes y sus historias están caídos desde en una especie de no future punk - y en esto también, como en la fuga constante hacia el alcohol y las drogas- Sentada en su verde limón recuerda en algo a aquel Viva la música, del colombiano Andrés Caicedo. Aunque la novela de Marcial Gala parece ir todavía más lejos en el desencanto. A diferencia de Caicedo y del punk, la juventud no provee de un punto de apoyo: "Tener diecinueve años, oficio triste porque nadie tiene diecinueve años". Como tampoco lo provee el pasado, salvo quizás para Harris, que es el personaje más viejo. Así, lo que puede parecer al comienzo un tono melancólico, se va desgajando a medida que avanza la historia para dejar paso a una mirada distante, desesperanzada, como la de quien siente que el mundo es "una avecilla rara que uno descubre mirando por el ojo de la cerradura de una casa abandonada, ave que por mucho que hagamos nunca será nuestra":
 
"Era como si no existiéramos, era como si hubiéramos estado sentados desde siempre en ese maldito banco mirando la nada, era como si fuéramos parte del Prado, era tan angustioso que comprendí que había que irse de Cienfuegos, era necesario echar el ancla en alguna otra parte pues la ciudad lo va asimilando a uno, convirtiéndolo en la nada".
 
Una mirada al margen de la vida, como la de los fantasmas. Y es que Sentada en su verde limón es también, en parte, una novela de fantasmas. Hay fantasmas verdaderos que solo Harris percibe -pero que toman la palabra por algunos momentos- y fantasmas inminentes: vivos que ya se saben condenados a muerte, cuyo rasgo físico que más se destaca es la espalda. El gesto es el de irse, el de estar yéndose: de la épica revolucionaria -y qué mejor que el nombre encendido de Cienfuegos para encarnarla-; del fuego; de la comunidad, de la vida: de esos finales tristes trata esta novela, que transcurre en ese instante de estupor en que se percibe todavía el fantasma de lo que fue y no se adivina todavía la forma de lo que vendrá.

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Seres queridos

Vera Giaconi

Seres queridos
Vera Giaconi
 
En Seres queridos, su segundo libro de cuentos -después del impactante Carne viva, de 2011- Vera Giaconi se afirma como una de las voces más contundentes de la narrativa actual y también como una de las más prolijas: con leer cualquiera de los cuentos se nota enseguida que el tiempo que pasó de un libro al otro fue tiempo de trabajo.
 
Las diez historias que integran Seres queridos circunscriben aquella conocida idea de Sartre de que el infierno son los otros. No todos los otros, parece decir Giaconi, sino los más cercanos, los más queridos: como si el infierno se gestara mejor en la proximidad, en el cariño. Las relaciones familiares son, de hecho, el espacio en el que transcurren estas historias. Algunas veces, se trata de relaciones que, sin ser familiares, entrañan una familiaridad: la de una mujer que padece una enfermedad crónica y extraña con su médico, la de una empleada doméstica con la señora de la casa.
 
Si el espacio es la familia, el tiempo es este, el nuestro: nuestro pasado reciente, cuyas reverberaciones no dejan de llegar -los años setenta, y lo que la tragedia histórica hizo en las familias: padres que deben separarse de sus hijos que parten al exilio llevándose a los nietos; hermanitos que comprenden cuándo es hora de utilizar los escondites de la casa que les fueron señalados-; y el hoy: algunas noticias resonantes, como los ataques de pirañas, Mc Donalds, los reality shows y sus protagonistas, la televisión, una y otra vez, por todas partes, la televisión.
 
En ese espacio, y en ese tiempo, que podrían parecer acotados, pasa sin embargo de todo, porque Giaconi disecciona cada personaje: la psicología, la clase social, la edad, el género, ninguno de los factores que lo definen y entraman sus relaciones queda afuera de estos relatos. Giaconi escoge los elementos con la minuciosidad de una científica -como si los tomara con una pinza- y los pone a funcionar en el relato con la destreza de una escritora que se percibe dedicada, prolija, que no deja nada librado al azar, capaz de llevar las palabras lo más lejos posible: ese borde donde la realidad deja paso a otra cosa, donde la experiencia cotidiana de lo familiar se roza con lo fantástico, lo siniestro, lo maravilloso. Giaconi, así, amplía el campo de lo visible de lo cotidiano, cada vez más hasta el último cuento, el más decididamente fantástico, el más perturbador: "Reunión" que, al igual que los anteriores, tiene un final abierto. Y es que no hay, en Seres queridos, ninguna concesión a la calma.

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