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El tigre en la casa

$ 560.00

Información adicional

Materia: Lit. Universal ISBN: 978-987-4063-59-5
Subtítulo: Una historia cultural del gato
Editorial: Editorial Sigilo (Argentina) Num. de edición: 1

Reseña

En un artículo de 1977, John Berger se preguntaba por qué miramos a los animales. En especial, quería saber de qué manera los miramos en el siglo XX cuando ya, dice, han desaparecido. En el pasado, los animales vivían en proximidad con los hombres, en el centro de un mundo que era el mundo de la naturaleza. La relación era al mismo tiempo de cercanía y de alteridad: al mirar a los animales el hombre veía semejanzas pero sobre todo diferencias y eso le permitía definirse: saber lo que él era y lo que él no era. La modernización trajo, entre otras consecuencias, la ruptura de este círculo de hombres y animales: los animales se fueron alejando y alejando hasta desaparecer. Lo que encontramos en los zoológicos o en los hogares son, desde entonces, seres vaciados de su animalidad. Es por eso, dice Berger, que la visita a esa suerte de museo que es el zoológico siempre tiene algo de decepción, que solo los niños expresan -?por qué el elefante no se mueve? ?Por qué el hipopótamo no asoma su cabeza fuera del agua?-: miramos una ausencia, algo que ya no está ahí.
 
Hoy, podríamos decir que este proceso se ha consolidado: a medida que aumenta la reproducción en imágenes de los animales, disminuye su reproducción real. La tecnología permite capturar incluso detalles y escenas que para el ojo humano son imposibles de percibir; al mismo tiempo, las redes sociales se han vuelto un espacio privilegiado para la circulación de imágenes de todo tipo de animales y, fundamentalmente, de gatos. Los "videos de gatitos" han llegado a ser en estos días un género en sí mismos, además de un concepto. Cabe entonces retomar la pregunta que se hacía Berger hace cuarenta años y reformularla: ?Por qué miramos a los gatos?
 
Es en este contexto, y en íntima relación con esa pregunta, que editorial Sigilo traduce por primera vez al español un libro de 1920: El tigre en la casa, del estadounidense Carl Van Vechten. Sus diferentes capítulos van desplegando los rasgos de los gatos, pero también los prejuicios en torno a ellos, su historia, sus relaciones con el ocultismo y las fobias que generan, su presencia en el refranero popular -capítulo al que podríamos sumar la vernácula: "tomarle la leche al gato"- y, por último, la representación de los gatos en las diferentes artes, para constituir, así,  "una historia cultural del gato".
 
Pero ese despliegue, aunque exhaustivo, no alcanza en ningún momento una sistematización. A cada anécdota, le sigue otra que la desdice; a cada afirmación, su excepción. Y es que al gato no le caben las generales de ninguna ley. Tal vez sea por eso que en buena medida se sustraigan a la historia que cuenta Berger: los gatos parecen ser el único animal que, aun integrado a la vida moderna de la especie humana, no ha perdido del todo sus rasgos salvajes. Tal es la hipótesis que sustenta, desde el título, El tigre en la casa, donde los gatos son definidos a partir de su "potencialidad incesante de un retorno a la condición salvaje":
 
"El gato es el único animal que vive con los humanos en términos de igualdad, si no de superioridad. Se domestica a sí mismo si quiere, pero bajo sus propias condiciones, y nunca renuncia del todo a su libertad, sin importar cuán estrechamente esté confinado. Preserva su independencia en esta lucha desigual incluso a costa de su propia vida. Un gato común y corriente, aunque viva en un hogar humano y esté en los mejores términos con la familia, frecuenta los tejados y las cornisas, es el cabecilla en grescas importantes, abunda en romances y, en suma, se comporta fuera de casa exactamente como lo haría en estado salvaje. De hecho, cuando es abandonado a sus propios recursos, como ocurre no pocas veces en tanto en la ciudad como en el campo, es del todo capaz de cuidarse solo y de ajustarse a las nuevas condiciones de vida sin un momento de duda".
 
Algo parecido dice Tolkien, en un poema que tradujo Laura Wittner para El libro de los gatos, una compilación de poemas editada hace unos años por Bajo la luna:
 
...aun en su mullida vida
de mascota vencida
el gato barrigudo no se olvida.
 
 
Ese libro es apenas una muestra del interés que el gato ha suscitado en la literatura de todos los tiempos. De gran parte de ese material, del anterior a 1920, da cuenta El tigre en la casa. Del cuento "El envío de Dana Da", de Rudyard Kipling, a los Diálogos de animales, de Colette, pasando por El diccionario del diablo, de Ambroce Bierce, "El gato negro", de Edgar Allan Poe o el poema "El gato", de Baudelaire; así como por Bouvard y Pécuchet, Los hermanos Karamázov, Papá Goriot, Emilio o Don Quijote, grandes obras de la literatura universal en las que es posible detectar huellas de pisadas felinas. Por otro lado, Van Vechten observa que "los gatos duermen junto a la chimenea o juguetean entre las hojas caídas en muchas novelas de amor".
 
Después habría más, mucho más. Por mencionar solo un par de bellezas: Gato encerrado, de William Burroughs y el famoso El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum, de T.S Eliot, en el que se basó el todavía más famoso musical de Broadway, Cats. En este último tiempo, se han traducido al español el libro Gatos ilustres, de Doris Lessing, y dos novelas japonesas que tienen por protagonistas a gatos: A cuerpo de gato, de Hiro Arikawa y El gato que venía del cielo, de Takashi Hiraide (https://www.librosdelpasaje.com.ar/l/el-gato-que-venia-del-cielo/360161/9789877380316)
 
Es posible pensar que a medida que se consolida la desaparición de los demás animales, el misterio del gato crece: en tanto conserva su animalidad y por lo tanto su alteridad, el gato conserva también su inasibilidad. De ahí, quizás, el interés de las artes: ?qué mejor que el arte para aproximarse a un misterio, a aquello que nunca podrá ser develado del todo? ?Qué mejor que el arte para asomarse al abismo de lo que está más allá de nosotros?
 
De ese mismo movimiento da cuenta este libro, a la vez necesario e imposible: queremos mirar a los gatitos, queremos hablar de ellos -nadie que tenga o haya tenido un gato dejará de comprender esto-, y al hacerlo les corremos detrás, con todas las de perder, felices.