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El idioma materno


No es novedad que el estilo ha caído en desgracia. Mientras la literatura (como siempre) viaja a velocidad crucero hacia un futuro cada vez más incierto donde asoma la pesadilla de su obsolescencia, nos limitamos a mirar para atrás, con una añoranza difícil de confesar, hacia un pasado no tan lejano en que la literatura se confundía con el estilo. Hablar de estilo hoy implica arriesgarse a ser tildado de anacrónico, a ser acusado de nostálgico o supersticioso. Y sin embargo, leyendo a Fabio Morábito la vigencia de la idea de estilo, la importancia vital de una simple coma o un adjetivo bien puesto, se nos aparece como una evidencia inmediata: el estilo entendido a la vez como máxima libertad y máximo rigor: el estilo como pensamiento y destino, destino de un pensamiento. Conocíamos a Fabio Morábito sobre todo por sus potentes poemas, donde ideas e imágenes danzan en concierto armonioso, y por los sorprendentes mecanismos de relojería de sus relatos. Los textos de El idioma materno combinan lo mejor de ambos y exigen ser leídos a la vez como poemas y como relatos, o como apuntes de una forma futura. Autobiografía literaria y bitácora de lectura, fábulas urbanas, microficciones del yo y poemas en prosa: de la cruza de todo ello, amalgamado por su estilo único, Morábito extrae pequeñas joyas nítidas, fascinantes ejercicios de autoficción e inteligencia que se leen en forma adictiva y ya no nos sueltan.

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Información adicional

Materia: Lit. Iberoamericana ISBN: 978-950-9704-68-8
Fecha de edición: 01-08-2014
Editorial: Ediciones Gog y Magog (Argentina) Num. de edición: 1

Reseña

Fabio Morábito, hijo de padres italianos, nació en 1955 en Alejandría, pero desde los quince años vive en México. Con su esposa, cuya lengua materna no comprende, habla en español. El español es, además, el idioma que eligió para escribir, desde su primer libro de poesía, Lotes baldíos (1985). Pero cuando llora, aflora en él la lengua materna, que cree tan olvidada que si alguna vez visita su país de origen siente que por más correctamente que hable todos detectan “una aleación extraña, una timidez o un vago tartamudeo que se transmiten no sólo con la voz, sino con la mirada y los gestos” y lo condenan por eso, como a quien desprecia un don. Sin embargo, “al igual que esas calcificaciones de materia marina que se adhieren al cuerpo de las ballenas y que semejan enormes quistes, el viejo idioma no ha desaparecido, sólo se ha replegado en ciertas zonas, una de las cuales, quizá la más resistente, es el llanto”.
Posiblemente, en todos, la lengua materna sea una marca indeleble que si no se vislumbra en el llanto se adivina en otras prácticas o asoma debajo de las lenguas adoptadas. Pero en los escritores y, en especial, aquellos que, como Morábito, no pueden evitar la fascinación por la lengua –instrumento con el que trabajan–, esa marca es tan fuerte que se vuelve productiva y puede terminar por convertirse en un libro. El idioma materno, recientemente editado por Gog y Magog, no es otra cosa: un conjunto de brevísimos textos (todos, curiosamente, de una carilla y media) que oscilan entre el cuento y el ensayo literario y que van desplegando, como quien dibuja puntos en un mapa, los muchísimos orígenes de la escritura.  
Si de rastrear orígenes se trata, habría que notar en primer lugar que en los cuentos de Morábito muchas veces los protagonistas son escritores, traductores o editores y, casi siempre, lectores. Así, por ejemplo, en “El arreglo”, primer cuento de La vida ordenada, un joven, que años atrás sacó un libro de poesía pero ahora se dedica a la edición, pasa unos días visitando a sus tíos, víctimas de un extraño acuerdo inmobiliario. Durante ese tiempo, el joven nunca se encuentra con su primo, pero accede a los subrayados que el primo traza justamente sobre aquel libro de poesía.
Al menos cuatro de los textitos de El idioma materno versan sobre la cuestión de los subrayados. Cuenta, por ejemplo, Morábito, que una vez tuvo que buscar un libro suyo en una biblioteca. Al descubrir que había sido subrayado por alguien sintió emoción, pero enseguida sobrevino el disgusto: el subrayador destacaba frases menores y, en cambio, dejaba pasar las fundamentales. Cuenta entonces Morábito: “Me hallé en pugna con mi propio libro, trazando mentalmente mis propios subrayados, sacándole a mi libro otro libro, aquel que hubiera querido escribir y que, sólo ahora me daba cuenta, había escrito a medias”.
La práctica del subrayado, a primera vista tan ligada a la lectura, se convierte en El idioma materno, también, en una práctica de escritura. En efecto, la lectura en general y el subrayado en particular son algunos de los orígenes de la escritura que este libro sitúa y narra. Otros, son todavía más extraños: un desmayo (y sobre todo el hecho de que el desmayado sea trasladado con los pies hacia adelante, en lugar de la cabeza, lo que convierte al episodio en una experiencia de vuelo y al desmayado en un ser sensible a lo aéreo y lo contemplativo); la traición a un compañero de clase (ya que traición y escritura son dos vocaciones tan estrechamente unidas) o el robo de monedas a los padres (se anticipa allí la furtividad con que años después el escritor se despertará muy temprano para trabajar mientras todos duermen).
Otros orígenes son más generales pero por eso mismo también más difusos: se trata de las primeras reflexiones sobre el lenguaje, a las que los niños son tan proclives aun cuando no sean concientes de ello. En “Coctel de bienvenida”, se describe la gran fiesta que un chico que se va de vacaciones con sus padres imagina cuando ve que en el folleto del hotel se promete un coctel de bienvenida, que contrasta con la tristeza de los tragos en la soledad de la habitación con que se encuentra después. Y es que, en los primeros años, es la imaginación la que permite completar el significado de las palabras. En ese sentido, podría decirse que todo niño que comienza a hablar es, durante unos años, un escritor, que empuja al lenguaje hasta el límite de sus posibilidades.
Esa transformación, la que suponen tanto la entrada en el idioma materno como la conversión en escritor, es comparable a la del hombre que un día se despierta y encuentra que es un insecto. De hecho, Morábito afirma que, en La metamorfosis, al suprimir el grito de Gregorio Samsa –quien, recordemos, se preocupa primeramente porque va a llegar tarde al trabajo–, Kafka produce una fábula sobre el nacimiento de un escritor: “la espantosa inmovilidad de quienes eligen convertir el grito en especulación”.
De un modo similar, en una sola frase que, en la Ilíada, Héctor dirige a su hermano Paris –“a veces te abandonas y no quieres pelear”– Morábito percibe “la semilla de una literatura que florecerá muchos siglos después, construida sobre los ‘aunque’, los ‘pero’ y los ‘a veces’…”: allí, “Paris anuncia a los antihéroes de la literatura del porvenir”.
Así, no solo la propia escritura de Morábito sino tal vez toda la literatura nazca de lecturas como estas, de traducciones, de reflexiones o anécdotas infantiles, de subrayados y notas al margen, de gestos: en cualquier caso, siempre, de lo pequeño, de lo que casi no ocupa espacio, de lo que estuvo a punto de pasar desapercibido y, por tanto, de no suceder en absoluto.