Mario Levrero

Mario Levrero

Mario Levrero nació en Montevideo (Uruguay) en 1940 y falleció en la misma ciudad en 2004. Fue librero, guionista de cómics, humorista, creador de crucigramas y juegos de ingenio, y autor de una extensa y muchas veces inclasificable obra literaria. Algunas de sus novelas más destacadas son Dejen todo en mis manos, El discurso vacío y La novela luminosa.

Una luz al final del camino
 
 
A comienzos de la década del ochenta, Mario Levrero debió someterse a una cirugía de vesícula. El dato, que podría parecer anecdótico o, cuando menos, excesivamente biográfico, es sin embargo fundamental para comprender la obra posterior del escritor uruguayo, sobre la que se proyecta -y opera- el enorme miedo a morir que sintió durante los meses previos a la intervención.
 
Para entonces, Levrero ya había escrito y publicado varias novelas, y parte de la crítica literaria se ha centrado en la cuestión de si es posible encontrar lazos entre los textos que anteceden a la operación y los que vienen después. Para el crítico uruguayo Hugo Verani -uno de cuyos artículos forma parte de La máquina de pensar en Mario, compilación realizada hace unos años por Eterna Cadencia-, por ejemplo, La "Trilogía involuntaria", compuesta por las novelas Ciudad, Lugar y París, o los cuentos de La máquina de pensar en Gladys pueden ubicarse en la línea del fantástico psicológico latinoamericano del que fueron maestros Cortázar y Felisberto Hernández, pero al mismo tiempo anticipan la descolocación radical, la pérdida de centro, que caracterizará a la obra posterior de Levrero. En textos más bien irónicos o humorísticos, como las novelas Dejen todo en mis manos y Nick Carter -ambas inscriptas además, aunque de modo singular, en el género policial-, puede advertirse también la presencia de ese narrador-personaje, fuertemente identificado con el propio Levrero que, para Fogwill, define al "Factor Levrero". En efecto, Fogwill -citado en el mismo libro por Adriana Astutti-,  dijo que "Levrero descubrió de muy joven que el personaje más rotundo e inolvidable de su obra era el narrador", al que desde entonces fue convirtiendo cada vez más en personaje al mismo tiempo que lo aproximaba a sí -o, mejor dicho, a una parte de sí: a Mario Levrero, seudónimo por recorte de Jorge Mario Levrero Varlotta-: "a ese personaje tramado de tics, fobias, obsesiones, manías y supersticiones se lo puede reconocer en la mayoría de sus relatos y novelas, hasta en los que bien pudieron clasificarse de géneros fantástico, policial y de ciencia ficción". En la misma línea, para Luis Chitarroni, en Dejen todo en mis manos "hay, como en casi todos sus escritos, un Levrero puro y duro. Como en casi toda su obra, la novela está escrita en primera persona, y no tengo ninguna duda que el protagonista -un buen escritor sin éxito- es el mismísimo Mario Levrero, obviamente ficcionado".
 
Es posible, entonces, que muchos de los rasgos del "último Levrero" aparecieran  prefigurados de diferentes maneras en las novelas anteriores a la operación de vesícula. En especial, aquellos ligados al Levrero "autobiográfico", es decir, el Levrero escritor de su propia vida, que encontrará su esplendor en Diario de un canalla, El discurso vacío y, sobre todo, La novela luminosa.
 
Estrictamente, La novela luminosa es lo que Levrero empezó a escribir, ante la inminencia de la operación, con el objetivo de contar una serie de experiencias "luminosas" que marcaron su vida: experiencias extraordinarias, vinculadas a la percepción de otros planos de la realidad. La novela quedó inconclusa. En 1986, durante una estadía de algunos años en Buenos Aires, escribió el Diario de un canalla, llamado así porque coincide con un período "canallesco" de la vida de Levrero, en que trabaja en una oficina, tiene un sueldo fijo y horarios "normales": "Sumergido en la lucha por la subexistencia me lleno de temores, compromisos, urgencias, y mi vida pasa a ser dirigida por algún minúsculo centro cerebral sumamente práctico, mezquino, ciego para las dimensiones espirituales". Ello no le impide, sin embargo, interpretar la presencia persistente de un pichón de gorrión en su patio porteño como una señal sumamente significativa, sobre la que el relato debe volver una y otra vez, para encontrar su significado. En 1989, de vuelta en Uruguay -más precisamente, en Colonia-, Levrero inicia una serie de ejercicios caligráficos como quien inicia una práctica de yoga, pero de a poco ese pretendido "discurso vacío" de la caligrafía se irá "llenando" con distintas historias -la paulatina libertad de un perro, los ajetreos de una mudanza, una crisis matrimonial, la muerte de la madre- hasta que, a pesar de tratar honestamente de "hacer un ejercicio caligráfico" el escritor se va transformando en "una especie de náufrago que escribe mensajes y los arroja al mar dentro de una botella".
 
En el año 2000, Levrero ganó la beca de la Fundación Guggenheim para corregir y completar La novela luminosa, que había escrito dieciséis años antes. Durante el lapso de un año, Levrero realizó la corrección pero no avanzó. En cambio, fue llevando un diario -el "Diario de la beca"- en el que relató minuciosa y maravillosamente los pormenores de esa postergación cotidiana de la escritura. Al final, La novela luminosa se editó en 2005, cuando Levrero ya había muerto: a la novela, inconclusa, la precedía un prólogo, el diario, de 450 páginas.
 
El escritor Sergio Chejfec se refirió a este texto tan difícil de clasificar que es La novela luminosa como un texto al mismo tiempo referencial y volátil, oscilante entre la experiencia cotidiana y el sentido profundo, el de las experiencias luminosas. Y a algo similar se refiere Fogwill cuando define el "Factor Levrero" como un "entramado de manías que orientan a tratar el mundo real como una fantasía y a lo fantástico como al conjunto de piezas que dan cuenta del funcionamiento de la máquina de la realidad". Tal oscilación,  en efecto, es resultado del don que tiene el narrador para moverse entre muchos mundos que descubre como permeables. Pero aunque puede percibirse desde el comienzo, se profundiza en los textos autobiográficos posteriores a la operación de vesícula -y posteriores, por lo tanto, al germen de La novela luminosa-, lo cual, tal vez, guarde relación con el encuentro cara a cara con la muerte que se produjo entonces.
 
Cuenta Levrero en el prólogo de La novela luminosa: "la idea de la muerte me había servido para trabajar y trabajar contrarreloj, como un poseso. Logré poner en orden mis cosas, o sea mis letras, mientras paralelamente todos los otros asuntos iban quedando relegados. Fue en ese lapso que me creé una deuda, para mí importante, y la deuda fue lo que me llevó después a Buenos Aires, a trabajar". Ese es el trabajo que lo convertirá en canalla y lo hará olvidar, o al menos relegar, las experiencias luminosas, que quedarán herrumbradas en un manuscrito todavía por unos cuantos años. Y esa estadía en Buenos Aires es la que se narrará en el Diario de un canalla.  En El discurso vacío también se referirá a esas experiencias -la operación, la deuda, el viaje a Buenos Aires- y dirá: "el año anterior me había preparado cuidadosamente para la muerte, y si la muerte clínica no había llegado, había llegado en cambio una muerte espiritual que, duro es decirlo todavía perdura, y tal vez perdure hasta la muerte clínica real, duro es decir esto también".
 
Tras La novela luminosa viene, imaginariamente, la muerte, que queda gravitando sobre las tres novelas que le siguen, tiñiéndolas, tanto temática como, podría decirse, espiritualmente. Esa gravitación puede percibirse en las muertes de los amigos que jalonan el "Diario de la beca" y en las reflexiones a las que dan lugar: "mientras mi padre vivía, de un modo mágico era como una coraza para mi propia muerte. El que tendría que vérselas con la muerte era él, y no yo. Y en el mismo momento en que él me faltó, quedé yo enfrentado, mano a mano, con esa buena señora. Sin coraza". También se percibe en la historia de la paloma que Levrero descubre, muerta, en la terraza vecina. Todo lo que sucede a ese cadáver y alrededor de ese cadáver constituye una de las líneas narrativas con más continuidad a lo largo de las entradas del diario. Y, sobre todo, se percibe en la relación amorosa con Chl que, se ve a todas luces, está terminando. Y es triste, sí. Como son tristes todos los finales:
 
"Me trajo una bolsa con unos videocasetes que le había prestado; hoy de tarde, mientras buscaba una ropa mía, había encontrado en mi ropero alguna ropita suya. Y cuando ella vino esta noche, encontró por su cuenta algunas otras cosas suyas, y yo me acordé de esa ropita y se la di, y me acordé de otras cosas de ella que había en otra pieza y también se las di. Concomitantemente -feísima palabra ésta- encontré, después de que se hubo ido, que adentro de la bolsa con los vídeos míos también estaba mi peine, el que tenía en su casa. Eso me dio mucha tristeza. Pensé ?La novela se está terminando?".
 
La muerte está, así, en el origen de la escritura. Está en la escritura, y está, desde luego, al final, como en toda autobiografía. Y aunque hay, también, algo vital -un impulso de fuga hacia adelante, el propio movimiento de los dedos sobre el teclado o el deslizarse de la pluma- todo avance es, inevitablemente, hacia la muerte. Del mismo modo, existe una fuerza de signo contrario que, tal vez a sabiendas de ese final, resiste, demora, posterga. Pero ese aletargamiento es entrópico, e incluso si la regresión fuera posible llevaría de vuelta al punto de partida: la muerte. La existencia se vuelve, así, como decía Nabokov, "una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas", y dar cuenta de ella por escrito implica someterse a esas fuerzas en tensión, expuestas con claridad en El discurso vacío: la lentitud requerida por el ejercicio caligráfico es permanentemente contrarrestada por la ansiedad de querer contar algo, uno de cuyos efectos más visibles es la fealdad de la letra resultante. En el "Diario de la beca", se agrega una tercera fuerza, solitaria, por medio de la cual la escritura intenta inútilmente anclarse, asirse al presente.
 
Como si se tratara de la reversión de alguna paradoja, de esa correlación de fuerzas surgen cada vez más hojas escritas que de algún modo siguen a La novela luminosa pero La novela luminosa no tiene, ni tendrá nunca, continuación. Todos los textos autobiográficos posteriores se ubican, en realidad, antes: el "Diario de la beca" es un prólogo inmenso, descomunal, del que Diario de un canalla y El discurso vacío son antecedentes.
 
Será por eso que sobre el final de La novela luminosa Levrero afirma: "?si alguna vez busqué -y vaya si lo he hecho- alcanzar algo que me permitiera decir ?ya está?, ?ya llegué?, ahora soy muy consciente de que eso sólo se alcanza con la muerte, y a eso, pues, le disparo más que al mismísimo demonio. Que nadie se llame a engaño: no tengo ninguna gran sabiduría para transmitir y espero no llegar a tenerla nunca. El nombre de la sabiduría es: arterioesclerosis".