Pedro Lemebel

Pedro Lemebel

Pedro Lemebel nació en Santiago de Chile en 1952. Tras dedicarse algunos años a la docencia, en la década del ochenta inició su carrera como escritor. Entre sus obras, figuran un gran número de crónicas, que dan un nuevo impulso al género al mismo tiempo que lo transforman (De Perlas y Cicatrices, Loco afán y Háblame de amores son algunos de los libros que las reúnen) y una única novela, Tengo miedo torero. A partir de 1988 comenzó a hacerse famoso con las intervenciones y performances que montaba junto con Francisco Casas con “Las yeguas del apocalipsis”. Murió en Chile el 23 de enero de 2015.

Seguir escuchando su voz
Hace pocos días supimos que había muerto Pedro Lemebel. Noticia triste e inesperada, a pesar de que hacía ya unos años que luchaba contra un cáncer de laringe que primero le cambió la voz y después -ahora- se la quitó del todo.
En su última visita a nuestro país, en 2013, Lemebel hizo una presentación en el MALBA. Al comienzo, por medio de una grabación, avisó que su voz estaba un poco distorsionada a causa de la operación de laringe -en otra parte se referiría a esa voz, con la precisión y el humor negro que siempre lo caracterizaron, como una voz de ultratumba-. Después, leyó algunas de sus crónicas, la mayoría pertenecientes a su último libro publicado, Háblame de amores, a media luz, con esa voz tenebrosa. En algún momento, se proyectaron imágenes del documental Corazón en fuga: Lemebel vestido de negro recorre la playa de Pisagua, donde funcionó un centro de detención de la dictadura de Pinochet y, luego, en esa misma playa, más cerca del mar, descalzo, con los zapatos de taco aguja en una mano y, en la otra, una jarra de agua, se dispone a avanzar sobre una tela blanca que forma un camino en dirección al mar. Echa un chorrito de agua y, sobre el charco, pisa. Abajo, ha de haber vidrios o algo así. Lemebel tira agua y pisa, tira agua y pisa. Cuando llega al mar, dejó tras de sí un camino de huellas rojas. Mientras tanto, se oye su voz -no la de ultratumba, la otra, la de este mundo-: lee "El informe Rettig. Un recado de amor al oído insobornable de la memoria". El informe Rettig fue realizado por una comisión creada en 1990 por el gobierno de transición con el objetivo de esclarecer las violaciones a los derechos humanos cometidas entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990 bajo la dictadura militar de Augusto Pinochet. En el informe prima el espíritu de reconciliación, al que se enfrenta Lemebel en su crónica, que replica el título del informe pero invierte su sentido:
"Por eso es que aprendimos a sobrevivir bailando la triste cueca de Chile, con nuestros muertos, los llevamos a todas partes, pegados como una sombra tibia en el corazón, con nosotros viven, y van plateando de luna nuestras canas rebeldes. Ellos son invitados de honor en nuestra mesa, y con nosotros ríen, y con nosotros comen y con nosotros bailan y comen y ven tele y también apuntan a los culpables cuando aparecen en la pantalla, hablando hipócritamente de amnistía y reconciliación. Nuestros muertos están cada día más jóvenes, cada día más vivos, cada día más frescos, como si rejuvenecieran siempre en un eco subterráneo que los canta en una canción de amor que los renace, en un temblor de manos donde no se seca la humedad porfiada de su impune despedida".
Aquí, como en muchas otras partes, Lemebel señala y acusa a todas las formas de continuidad cómplice de la dictadura pinochetista en la democracia de la concertación. A ese tema están dedicadas, por citar solo algunos ejemplos, todas las crónicas que integran la primera parte de De Perlas y Cicatrices, "Sombrío fosforescer". En "El encuentro con Lucía Sombra", Lemebel cuenta cómo es echado de una exposición artística cuando llega a ella la hija de Pinochet, "tan campante como un personaje de pesadilla, pero hecho real en su trajecito de tweed y risa sardónica. Como si todavía ostentara el cargo de autoridad cultural que le regaló su papi. Y lo peor, veo que la gente la saluda, rodeándola, mostrándole los dientes, como si aún ejerciera el sombrío poder de su pasada gestión. Y ya sin poder contenerme, le digo a los artistas que por qué se hacen los lesos, que por qué no nos retiramos todos, que cómo pueden seguir respirando el aire macabro de esa presencia. Que cómo siguen brindando, haciéndose los tontos, compartiendo el mismo espacio, la misma fiesta con el fascismo de falda Chanel. Y por qué me hacen callar, diciendo que no hable tan alto, que no sea roto, que Pedro no podís ser tan pegado".
En el prólogo, afirma Lemebel que De Perlas y cicatrices, cuyas crónicas ya habían sido leídas en unos micro-segmentos en Radio Tierra, "viene de un proceso, juicio público y gargajeado Nuremberg a personajes compinches del horror".
Sin embargo, contra lo que podría parecer por la temática que las atraviesa -los horrores de la dictadura militar, la pobreza y todas las otras formas de marginación, el SIDA- las historias de Lemebel son también, casi siempre, historias de amor: de amor a una persona, a un lugar, a un cantante, a una causa, a un país o a una región. Respecto de las crónicas, cabe replicar el gesto de Victoria García, que inicia su reseña de Háblame de amores con una cita del Elogio del amor, de Alain Badiou: "Porque, en el fondo, el amor es eso. Una irrupción de la eternidad en el tiempo". Y en la única novela de Lemebel, Tengo miedo torero (Planeta, 2001), se narra muy hermosamente la historia de amor entre un gay y un militante del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que participa del finalmente fracasado atentado a Pinochet de 1986.
El cruce de amor y política que la novela trabaja no elude para nada la complejidad, mayor en tanto se trata de un amor homosexual. De hecho, en la propia historia de Lemebel pueden seguirse las múltiples torsiones de esa unión difícil entre militancia homosexual y de izquierda: fue también en ese año de 1986 que Lemebel se encontró con que en el ámbito de la militancia política su homosexualidad despertaba críticas y provocaba rechazos. Y fue justo entonces que dio comienzo a su carrera performática: se calzó unos zapatos de taco alto y en una reunión de partidos de izquierda en la Estación Mapocho leyó su manifiesto "Hablo por mi diferencia", cuyo efecto fue tan fuerte en el momento para la perpleja audiencia como lo seguiría siendo a lo largo de los años para los fanáticos de Lemebel. Ahora, fragmentos de aquel manifiesto fueron como oraciones de despedida que se multiplicaron en los muros de Facebook: "?No habrá un maricón en alguna esquina / desequilibrando el futuro de su hombre nuevo? ?Van a dejarnos bordar de pájaros / las banderas de la patria libre? / El fusil se lo dejo a usted / Que tiene la sangre fría  [?] ?Tiene miedo de que se homosexualice la vida? / Y no hablo de meterlo y sacarlo / Y sacarlo y meterlo solamente / Hablo de ternura, compañero / Usted no sabe / Cómo cuesta encontrar el amor / En estas condiciones". Y termina diciendo: "Hay tantos niños que van a nacer / Con una alita rota / Y yo quiero que vuelen, compañero / Que su revolución / Les dé un pedazo de cielo rojo / Para que puedan volar". (El texto completo puede encontrarse en www.memoriachilena.cl).
De eso se trataba entonces, de eso se sigue tratando ahora, cuando se lo llora: de reunir el amor (entendido, desde luego, también como sexualidad) y la política. En ese sentido, la obra de Lemebel y, en especial, Tengo miedo torero han sido comparados (incluso por él mismo, como homenaje) con la obra de Manuel Puig y, en especial, con El beso de la mujer araña. Para el escritor mexicano Carlos Monsivais, ambos autores tienen en común "la incorporación festiva y victoriosa de la sensibilidad proscrita"
Esa sensibilidad tiene que ver con el amor pero también, en gran medida, con el humor, otro de los rasgos centrales, vitales, de las crónicas de Lemebel. Es, sobre todo, un humor negro, como el que se despliega en "Los funerales de la Candy" o en "El último beso de Loba Lamar". Un humor que no elude a la enfermedad, la marginación, la pobreza ni la muerte; por el contrario, las incorpora a la literatura.
En ese sentido, no se trata tanto de que la literatura de Lemebel sea graciosa o hable de amor a pesar de las temáticas que prefiere sino que reúne lo duro y lo tierno, el dolor con la alegría, la muerte y la risa y es esa reunión, precisamente, su principal arma. Esa reunión que el Che reclamaba al revolucionario (endurecerse sin perder la ternura) es, también, la que distingue la escritura de Pedro Lemebel.
Para confirmarlo, nada como mirar las imágenes del propio velorio de Lemebel: una multitud de personas disfrazadas y coloridas bailando alrededor del cajón, cantando "Pedacito de mi vida", una guaracha cubana en la que también puede percibirse (oírse, en realidad) un sustrato nostálgico debajo del ritmo alegre del baile. Además, el grupo Illapu cantó "Yo me muero como viví", el clásico de Silvio Rodríguez y finalmente se coreó, entre olas rojas de tela, "La internacional".
Pero, ?cómo es que la escritura consigue tal reunión de elementos divergentes? En realidad, es la voz la que la realiza, al oscilar entre ellos como una melodía. Puede oírse. Cualquiera que alguna vez haya escuchado a Lemebel leer sus crónicas (y quien no lo haya hecho puede hacerlo ahora mismo, en youtube) habrá comprendido que es esa voz la que da el ritmo a la escritura, la que la dicta casi y la organiza. Quien alguna vez lo haya escuchado es posible que ahora lo siga escuchando, cuando lo lee: hay entre la voz y la escritura de Lemebel una intimidad, como la del mar con el caracol.
Y como el mar cambia la forma de las piedras hasta volverlas arena, la voz de Lemebel también va gastando, modificando su materia -el lenguaje- hasta convertirlo en otra cosa: así, bajo el influjo de esa voz, las palabras cambian de función al superponerse unas a otras como olas: los sustantivos se vuelven adjetivos ("El trapo otoño del recuerdo" o las "tertulias de la nostalgia patria"), los adjetivos adverbios ("se casó enamoradamente de blanco").
Y no es otra cosa lo performativo, lo performático: una modificación de la forma -una transformación- por medio de la voz. Dice la escritora argentina María Moreno: "Al vozarrón geológico de los poetones de Chile, la voz de Pedro Lemebel le opone otra zalamera de roto mareado, de loca perra y lengua viperina, de Scherezade con vista al Mapocho". Aunque, aclara después, que su resentimiento "era una estrategia política: odio renovado a toda forma de establishment, enrostramiento a los poderosos por sus usufructos sátrapas perpetrado en nombre de faltos y despojados, exageración metafórica -el quilombo, el escándalo, el llanto y el escrache como resistencia".
En ese sentido, es necesario situar la literatura de Lemebel en un contexto latinoamericano: reverbera en ella una forma de exceso que nace, tal vez, lejanamente, del realismo mágico, que a su vez nace, también lejanamente, de las crónicas de conquistadores. Pero todo lo invierte hasta volverlo subversivo. Lemebel, como otros antes pero también como nadie antes, convierte la crónica en voz dura, tierna, transformadora.