Felisberto Hernandez

Felisberto Hernandez

Felisberto Hernández nació en Montevideo, Uruguay, el 20 de octubre de 1902. Además de escritor, fue pianista y compositor. Entre sus obras más conocidas se encuentran los relatos breves de Nadie encendía las lámparas y la novela Las Hortensias, que lo convirtieron en uno de los representantes de la variante latinoamericana del género fantástico. Toda su obra de ficción publicada en vida, junto con los relatos y fragmentos póstumos y una selección de inéditos, acaba de ser editada por El cuenco de plata. Felisberto Hernández murió en Montevideo en 1964.

Felisberto Hernández o la extraña vida de las cosas

 
En el prólogo a la edición italiana de Nadie encendía las lámparas, Italo Calvino destaca la irregularidad que hace de Felisberto Hernández "un escritor que no se parece a ninguno". En el estudio crítico que abre la Narrativa completa del escritor uruguayo, recientemente editada por El cuenco de plata, Jorge Monteleone retoma la idea, que explica como una desavenencia entre Hernández y las formas literarias tradicionales, especialmente visible en la dificultad o, más bien, en la resistencia, del escritor a demarcar comienzos y finales para sus textos. En efecto, no hay imagen mejor, dice Monteleone, para definir su literatura, que la de los libros sin tapas, metáfora que en Hernández se volvió literal: todas sus publicaciones tempranas son "folletos sin tapas". Hoy, estos textos, producidos entre 1925 y 1931, integran la primera sección del gran libro violeta de El cuenco de plata.

Para Monteleone, si Felisberto resulta tan difícil de encasillar, e incluso de comparar, es porque su escritura está siempre desmarcándose respecto de lo que se espera de ella, en tanto produce una suerte de dislocación de carácter doble: tanto de las referencias como de su interpretación. Este rasgo permite a Monteleone comparar al uruguayo con Kafka, un escritor a primera vista tan diferente, en el que sin embargo se detecta una similar forma de dislocación.

Fundamentalmente, esto se hace visible en torno a las metáforas, que proliferan como plantas en los textos de Felisberto. Si la metáfora es una relación entre dos elementos que en principio aparecen como separados, como pertenecientes a series distintas, podría decirse que los textos de Felisberto incluso tratan sobre metáforas: su materia misma es esa relación entre elementos. Sin embargo, no es menos cierto que la metáfora supone, como gesto, la estabilización de un sentido y, en Felisberto, si algo no hay, es estabilidad. Por el contrario, el desplazamiento parece no detenerse nunca. Monteleone usa como ejemplo el cuento "El vestido de novia" y afirma: si hay una línea metafórica -las hojas de la ventana como metáfora de la relación sexual (?)- que parcialmente autoriza una alegoría -el desencanto de la relación de amor-, de inmediato esas hojas son otra cosa o no son más que cosas o, inversamente, son cosas que se extrañan de su ser mismo". Tal vez sea esta inquietud una de las razones por las que los cuentos del autor uruguayo, que parecen estar siempre saltando de una cosa a la otra, son tan ágiles. Y esto es casi una constante, que se repite en textos de diferentes períodos.

La crítica literaria suele distinguir tres momentos en la obra de Felisberto Hernández, que coinciden aproximadamente con la organización cronológica de la Narrativa completa (se agregan los textos póstumos y los inéditos) y que Sylvia Saítta sintetizó en un artículo escrito en 2002, en ocasión de los cien años del nacimiento del autor. En Fulano de tal (1925), Libro sin tapas (1929), La cara de Ana (1930) y La envenenada (1931), predomina "una búsqueda de la excentricidad y del desajuste a través de la figura del loco, narrador o personaje que le permite establecer conexiones inesperadas entre las cosas, las situaciones y las personas". Los siguientes libros, englobados en el capítulo 2 de la Narrativa completaPor los tiempos de Clemente Colling, El caballo perdido y Tierras de la memoria- aparece una preocupación por la problemática de la memoria, a partir del intento -siempre dificultoso- de recuperar recuerdos de infancia. Dice Sylvia Saítta: "La memoria hilvana entonces imágenes, objetos, espacios, rostros, palabras, ámbitos, de un modo sorpresivo y poco previsible, descolocándolos de sus marcos habituales y generando situaciones paradójicas, efectos cómicos o perturbadores". Por último, a fines de la década del cuarenta, Felisberto Hernández publica algunas de las obras que lo hacen más conocido y que lo filian en la versión latinoamericana del género fantástico: los relatos breves de Nadie encendía las lámparas (1947) y las novelas Las Hortensias (1949) y La casa inundada (1960).

En efecto, tanto las conexiones inesperadas entre las cosas de la primera etapa -el influjo perturbador de un cigarrillo sobre su futuro fumador en "Historia de un cigarrillo", por ejemplo-, como aquellas otras -sorpresivas, poco previsibles- que entabla la memoria en la segunda etapa y, finalmente, la "irrupción de lo inadmisible" en lo cotidiano que, para Saítta, define a los cuentos de Nadie encendía las lámparas o el fantástico con vetas surrealistas que despunta en Las Hortensias y en La casa inundada: toda la literatura de Felisberto propone, de un modo u otro, a través de la metáfora como mirada sobre el mundo -metáfora inesperada y perturbadora, que así como se construye se destruye y se desplaza-, una forma especial de la conexión entre las cosas. Como si los objetos fueran seres vivos  estuviesen unidos a las personas por una corriente que los atravesara a todos por igual. Tal vez sea a eso que se refiere Hernández en "Explicación falsa de mis cuentos", cuando dice que estos  no tienen estructuras lógicas, sino que son como una planta que nace en un rincón de sí, que "cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia".

Esa oscilación entre lo extraño y lo propio, entre lo fantástico y lo cotidiano, que la literatura de Hernández configura -y que alcanza, tal vez, su máxima expresión en Las Hortensias, donde se narra la vida de un matrimonio junto a las Hortensias, unas muñecas que parecen reales hasta en los sentimientos que generan- remite a la definición que fiera Freud de lo siniestro: la sensación que se produce ante el encuentro con aquello que alguna vez fue familiar pero que por la represión se volvió extraño, es decir, por el reconocimiento de un rasgo familiar en lo aparentemente extraño, del descubrimiento de la proximidad con aquello que creíamos distante.

En una parte de su texto, Calvino hace referencia al hecho de que, además de escritor, Hernández era músico y afirma que lo que desencadena su fantasía "son las invitaciones inesperadas que abren al tímido pianista las puertas de casas misteriosas, de quintas solitarias donde moran personajes ricos y excéntricos, mujeres llenas de secretos y neurosis". En efecto, las casas son unos de los escenarios preferidos de Hernández, lo que tal vez se deba a que constituyen el ideal marco familiar para que lo extraño irrumpa, una y otra vez, ante la mirada del lector que, como sucede a la del protagonista y narrador de Nadie encendía las lámparas, no encuentra nada quieto sobre lo que posarse.