Antonio Di Benedetto

Antonio Di Benedetto

Antonio Di Benedetto nació en Mendoza en 1922. Fue periodista, guionista de cine y narrador. Entre sus novelas se destacan Zama (1956), El silenciero (1965) y Los suicidas (1969); entre sus libros de cuentos (hoy compilados por Adriana Hidalgo en Cuentos completos) Mundo animal (1953), El cariño de los tontos (1961) y Absurdos (1978). En 1976 fue detenido por la dictadura militar y tras un año de cárcel se exilió en España, de donde regresó poco antes de su muerte, ocurrida en 1986.

Antonio Di Benedetto
 
Antonio Di Benedetto murió en 1986, el mismo año que Borges. Dos años antes, había partido Cortázar. Y como ellos, también, Di Benedetto atraviesa casi todo el siglo XX. Hasta podría decirse que es uno de esos escritores cuyas vidas coinciden con el siglo: no solo por las fechas de comienzo y final -que, en el caso de Benedetto coinciden menos con las del siglo que las de Cortázar y, sobre todo, Borges- sino porque los acontecimientos de la historia nacional se cruzan, trágica pero también literariamente, con los de su vida.
 
Di Benedetto estuvo preso desde marzo de 1976 hasta septiembre de 1977, cuando fue liberado y debió exiliarse en España, donde permaneció casi hasta el momento de su muerte. Durante su cautiverio, según relata Jimena Néspolo, una de las estudiosas de la obra del mendocino, fue golpeado y sometido a simulacros de fusilamiento, y todo lo que escribía era destruido o confiscado. Entonces, comenzó a contrabandear relatos, disfrazados de sueños, en las cartas que enviaba. Ese es el origen de los cuentos de Absurdos. Luego, en España, escribiría otro libro: los Cuentos del exilio, que se publicaría en la significativa fecha de 1983.   
 
Absurdos -hoy incluido en los Cuentos completos editados por Adriana Hidalgo- incluye uno de los cuentos más conocidos y, tal vez, más representativos de Di Benedetto, "Aballay" -llevado al cine en 2011 por Fernando Spiner-. "Aballay" cuenta la historia de un gaucho nómade que, acosado por la culpa de un asesinato cometido, asume para sí la penitencia de no bajar de su caballo. La errancia de hombres y animales se repite en muchos de los relatos de Di Benedetto, no solo de Absurdos, y tiene como contracara la fijación en un espacio, la detención, la imposibilidad del movimiento.
 
El mejor ejemplo de esto último tal vez sea, Zama, una de sus novelas más famosas, que para Juan José Saer constituye "uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua castellana del siglo XX". Zama, publicada en 1956, está dedicada "a las víctimas de la espera" y cuenta la historia de Don Diego de Zama, un funcionario de la corona española olvidado en Paraguay, que durante nueve años, a fines del siglo XVIII, espera un nombramiento y un traslado a Buenos Aires. Se trata de una espera angustiosa, lenta -como toda espera, tal vez-,  una instancia obligada de reconsideración existencial que llevó a muchos a comparar a Di Benedetto con Camus, con Sartre y también -sobre todo por el absurdo que denuncia la espera- con Samuel Beckett.
 
La novela se inicia con una escena que posiblemente se encuentre entre las más recordadas de la literatura argentina:
 
"Con su pequeña ola y sus remolinos, sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos. 
Ahí estábamos, por irnos y no."
 
Algunas veces, errancia y agonía se conjugan, como en "Caballo en el salitral", uno de los muchos cuentos de Di Benedetto que están protagonizados por animales y, también, uno de los más hermosos (y tristes). Un caballo erra sin rumbo fijo, en busca infructuosa de alimento, cargando detrás de sí un carro lleno de heno que huele pero no alcanza, hasta que finalmente queda empantanado en el salitral y muere. Después, sus huesos limpios se convertirán en nido para una pareja de palomas torcazas, y la vida seguirá su curso.
 
Y algunas veces no está tan claro si el movimiento es fuga de la muerte o, por el contrario, conduce inevitablemente a ella. Es lo que sucede en Los suicidas, una novela de 1969 que puede considerarse la última de la trilogía iniciada con Zama -en el medio, El silenciero, de 1965-: una trilogía que tiene en común una concepción filosófica y un estilo, lacónico, de frases cortas, pero que a fuerza de ser preciso es también poético, afín a esa concepción. Los suicidas tiene un comienzo casi tan contundente como el de Zama
 
"Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde.
Tenía 33 años.
El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad."
 
Sigue una investigación periodística, con ribetes policiales -que en algo recuerda a algunos cuentos de Rodolfo Walsh- sobre el suicidio: sobre algunos suicidios puntuales pero también sobre Durkhheim, la religión, la locura. La pregunta que subyace es, nada menos, que la del sentido de la vida.
 
La espera, la muerte: la literatura de Di Benedetto casi siempre es una puesta en escena del tiempo. No de un tiempo particular, aunque, como en Zama, haya fechas y estas sean fundamentales, sino del tiempo como problema. El tiempo es una parte del escenario en el que se despliega el drama de la existencia. A partir de la idea de Beatriz Sarlo de un "regionalismo no regionalista", Jimena Néspolo habla de una "territorialidad zamaniana", aunque sea una territorialidad que implica "antes que nada una desterritorialización", puesto que se trata de un territorio autóctono, el argentino -en especial, el interior-, pero no sustentado en una referencialidad concreta ni fija sino tal como fue construido "por la migración, sujetos errantes y desarraigados".
 
Tal vez, el territorio en que se despliega (y que despliega) la narrativa de Di Benedetto se parezca en algo al que describió Ezequiel Martínez Estrada en su Radiografía de la Pampa: un interior en que los pueblos -a los que entra, por las calles, como un viento mudo, el campo- tienen idéntica alma: "España permanece dentro, como enseres que se abandonan en la mudanza". Y lo único que los distingue, en realidad, es su edad -cualquier ciudad del interior, dice Martínez Estrada, se parece a otra de igual edad-; es decir, el tiempo.