Haroldo Conti

Haroldo Conti

Haroldo Conti nació en Chacabuco, provincia de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1925. Estudió filosofía y tuvo múltiples profesiones, aunque con el tiempo la literatura se convertiría en su ocupación principal. En el prólogo de su última novela, una de las más célebres, Mascaró el cazador americano, Conti afirmó de sí mismo: "Salvo los premios, no acierto por lo común en nada". En efecto, recibió el Premio Barral, de España, con un jurado integrado por Vargas Llosa y García Márquez, por su novela En vida; El premio Fabril por su novela Sudeste en 1962; el premio municipal de Buenos Aires por el libro de cuentos Todos los veranos, y, finalmente, el Premio Casa de las Américas por su novela Mascaró el cazador americano. El 4 de mayo de 1976 fue secuestrado y desaparecido por la dictadura militar.

Los ríos y los caminos. Los cuentos de Haroldo Conti
En la contratapa de los Cuentos completos de Haroldo Conti que acaban de salir por Emecé -parte de un proyecto amplio de reedición de la obra del autor-, Guillermo Martínez señala, con razón, que "en la simplificación cruel que es toda muerte, el nombre de Haroldo Conti quedó sonando por años como víctima emblemática de la última dictadura militar".
Esa simplificación, desde luego, tiene su sustento biográfico: la militancia de Conti en el Partido Revolucionario de los Trabajadores, su compromiso con la causa social y, finalmente, su secuestro y desaparición, en mayo de 1976. Pero también tiene un sustento literario: muchos de sus relatos dan cuenta de diversas maneras de ese orden social injusto que Conti, como tantos otros, lucharía por cambiar. "La causa", por ejemplo, es un relato de largo aliento que configura una suerte de prisma de los conflictos de clase en Indiana, un país latinoamericano imaginario que podría ser cualquiera. Por otra parte, incluso en los relatos de temática aparentemente más alejada de lo social, es posible descubrir que sus protagonistas son esos seres solitarios, descastados, que viven en los márgenes de un sistema para el que representan una amenaza, no siempre silenciosa. Algunos incluso son bandidos, seres ya no en los márgenes sino fuera de la ley, como sucede en los cuentos "Cinegética" o "Con gringo". Si algunas veces se ha comparado a Conti con Hemingway, estos cuentos llevan a pensar, sobre todo, en el Hemingway de "Los asesinos".
En parte, es posible que la estrecha relación de Conti con el delta del Tigre también haya contribuido a esa simplificación de su imagen a la que alude Martínez, en la medida en que ha permitido la asociación de Conti con otro escritor, nacido apenas dos años después y también desaparecido por la misma dictadura: Rodolfo Walsh, quien durante largos períodos debió esconderse en el Tigre, como relata en el prólogo de Operación masacre.
Sin embargo, aquí comienzan las diferencias y la singularización de Conti, cuya  relación con Tigre es biográfica pero, sobre todo, es literaria. En efecto, la literatura de Conti configura un delta particular, casi podría decirse: lo funda. Esto significa que una vez que escribió algunos de sus cuentos y, en especial, su novela Sudeste, el Tigre ya no volvió a ser el mismo.
En Conti, el paisaje del delta aparece íntimamente asociado a las vidas que en él se despliegan, de las que es espejo, causa, o más bien: cauce. En relación con ello, más ampliamente, puede decirse que la vida no está separada de la naturaleza, por el contrario, la  relación atraviesa gran parte de la obra de Conti, muchas veces bajo la forma de una comparación: "Mi padre estaba viejo, viejo por dentro igual que esos grandes sauces que un buen día amanecen en el suelo"; "El final del invierno estaba en el aire por más frío que hiciera. El viejo vio las señales en el cielo y en la tierra. Y también sucedieron algunas cosas dentro de él porque todavía no estaba muerto".
Pero la comparación no es aquí un artificio retórico sino el descubrimiento, por medio de la literatura, de que existe una sustancia común entre las partes que es lo que vuelve a cada una espejo, causa, cauce de la otra. De ahí la precisión y la belleza de las comparaciones de Conti, que son, más bien, correspondencias: especialmente visibles en el Tigre pero explicitadas en un cuento que transcurre en la llanura pampeana -uno, tal vez, de los más hermosos-, "La balada del álamo carolina".
Y si hay una correspondencia que es central y que subsume a todas las demás es la del río con la vida, metáfora que recupera una larga tradición que va de Heráclito a Jorge Manrique. En esa línea, el río es, también, mensajero: "Entonces nuestros pechos se dilataron como si les faltara el aire y se apoderó de nosotros un ansia desmesurada de partir porque la tierra debajo de nuestros pies se había tornado extraña y todos los lugares estaban allí, de alguna manera presentidos, enviándonos sus mensajes a través del río".
Aunque la comunicación no parece una cualidad exclusiva de lo líquido: en los cuentos de Conti, también los caminos llaman. En "Muerte de un hermano", un hombre se pregunta de dónde le surgió a su hermano que, como él y como su padre, es un hombre de la tierra, la idea de partir: "Tal vez la proximidad del camino, aquella franja pardusca que salía y entraba en el horizonte y sobre la que de vez en cuando veían deslizarse algún carro soñoliento o a figura más pequeña y más lenta de algún vagabundo que los saludaba con la mano en alto y después desaparecía en el recodo y tenía todo el camino para él, de una punta a otra, y además lo que no se veía del camino, es decir, el resto del mundo".
El camino, para estos hombres, es una zona de comunicación, como lo es toda la tierra para el álamo carolina: "un fresco cuerpo lleno de vida que respiraba dulcemente bajo las hojas y el pasto y sostenía cuanto hay en este mundo, incluso a otros árboles con los cuales el viejo álamo carolina se comunicaba a través de aquel húmedo corazón".
En especial, los caminos comunican entre sí a los pueblos: el otro escenario predilecto de las historias de Conti, con sus campos aledaños. Conti nació en Chacabuco, un pueblo de la provincia de Buenos Aires que de alguna manera resuena en los escenarios pueblerinos de cuentos como "Los novios" o "Ad astra", uno de los relatos más extraños, en el que se cuentan las peripecias que siguen al aterrizaje -literal- en un pueblo de un hombre que intenta volar.
Y es que lo que las historias de Conti construyen es todo un país, cuya historia es inseparable de su paisaje. Los ríos y los caminos unen a los pueblos y a los hombres, igual de solitarios. La literatura cuenta las historias de sus vidas. Y cuando lo biográfico se detiene, en la literatura queda la fuerza del río, para seguir fluyendo, llevando.