John Cheever

John Cheever

John Cheever  nació en Massachusetts, Estados Unidos, en 1912. Desde su juventud se ganó la vida escribiendo relatos para revistas como The New Republic y, sobre todo, The New Yorker. Fue autor de varias novelas, entre ellas Crónica de los Wapshot, que recibió el National Nook Award, Bullet Park y Falconer. Pero la consagración literaria definitiva le llegaría en 1978 con la publicación del libro de relatos The Stories of John Cheever, galardonado con el Premio Pulitzer de 1979 y el National Book Award de 1981. Además, durante la mayor parte de su vida, Cheever llevó un diario, que fue publicado tras su muerte. Murió en Nueva York en 1982.

"La atmósfera gris parecía definitiva": los cuentos de John Cheever
 
John Cheever publicó su primer libro, The way some people live, en 1939, el mismo año en que comenzaba la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, contra lo que podría esperarse, en sus relatos, la guerra no ocupa un lugar destacado. Y es que Cheever no es un escritor de los grandes acontecimientos ni de la disrupción violenta. Más bien, su literatura parece ubicarse en relación con los años que siguieron a la guerra: el período de afianzamiento del capitalismo, con la estabilidad y el progreso económico que significó para la mayoría de los norteamericanos, y de la tensa, siempre amenazada, calma de la guerra fría.  
 
Durante muchos años, Cheever se dedicó casi exclusivamente a escribir cuentos, que fue publicando en distintas revistas y, en especial, en The New Yorker, cuyas páginas compartió, a veces no del todo amistosamente, con J.D. Salinger. En 1957 publicó su primera novela, Crónica de los Wapshot, en la que se narra la lucha de una familia pueblerina por adaptarse a  la vida de la gran ciudad. En 1969, publicó una de sus novelas más famosas, Bullet Park, protagonizada por otra familia, amenazada por la violencia en su barrio residencial.
 
También los cuentos, hoy compilados por RBA, tratan sobre familias y sobre la forma en que viven en los barrios residenciales de la ciudad. A veces, como en "Oh, ciudad de sueños rotos" o "Clancy en la torre de Babel", son familias que provienen del campo, y la ciudad, a la que no terminan de adaptarse nunca, revela para ellos una particular monstruosidad. Es que la ciudad no es tanto un conjunto de edificios como una forma de vida: hecha de convenciones múltiples, complejas, difíciles de aprender y, sobre todo, determinantes. La forma de vida de los protagonistas de Cheever trae aparejado algo así como un destino, que no se puede modificar a voluntad. Aunque puede, desde luego, aparentarse. Es más: parte fundamental de la pertenencia a una clase, a una ciudad y a un estilo de vida es, de hecho, disimular, como descubre tempranamente Amy, la niña que protagoniza "Las amarguras de la ginebra", al contrastar la actitud que ve en las niñeras y otras empleadas cuando beben de más con la de sus propios padres:
 
"Pero a sus padres no los había visto nunca así. Nunca los había visto abrazados a una farola, cantando y haciendo eses, pero sí los había visto caerse. Nunca resultaban indecorosos -parecían incluso más correctos y ceremoniosos cuanto más bebían-, aunque en ocasiones su padre, al levantarse llenar las copas de todos, caminaba suficientemente erguido, pero daba la impresión de que los zapatos se le quedaban pegados a la alfombra. Y a veces, cuando se dirigía hacia la puerta del comedor, calculaba mal las distancias y se equivocaba casi medio metro. En una ocasión, Amy lo había visto darse contra la pared con tanta fuerza que se derrumbó en el suelo y se rompieron la mayoría de las copas que llevaba en la mano. Una o dos personas se echaron a reír, pero las risas no fueron ni generales ni vigorosas, y la mayoría de los presentes fingieron que la caída no se había producido".
 
Se trata, en efecto, de una puesta en escena, una especie de ficción compartida por la comunidad que conforma la clase media alta de las ciudades (casi siempre Nueva York y siempre Estados Unidos). En relación con ello, los cuentos de Cheever parecen mostrar que, dadas una zona y una época (o al menos esa zona y esa época) no es demasiado amplio el abanico de cosas que pueden pasarle a una persona. Incluso en los empleados domésticos de los cuentos de Cheever puede advertirse la misma falta de amplitud. Todas las niñeras se duermen en los sofás mientras los padres de los chicos que cuidan se demoran en fiestas y cócteles, que entre sí se parecen:
 
 "Al final de casi todas las largas y multitudinarias fiestas de los sábados por la noche en el barrio residencial de Shady Hill, cuando prácticamente todos los que iban a jugar al golf o al tenis a la mañana siguiente se habían marchado ya a sus casas y los diez o doce supervivientes parecían incapaces de poner término a la velada a pesar de que la ginebra y el whisky se estuviesen acabando y aquí y allá las mujeres que aguardaban por acompañar a sus maridos hubiesen empezado a beber leche; cuando todo el mundo había perdido por completo la noción del tiempo, y las canguros que aguardaban en sus distintos hogares a aquellos recalcitrantes se habían tumbado hacía mucho en el sofá y dormían a pierna suelta, soñando con ganar concursos de cocina, con viajes transoceánicos y aventuras románticas; cuando el borracho belicoso, el aficionado a los dados, el pianista y la mujer enfrentada con la extinción de sus esperanzas habían hecho ya sus manifestaciones públicas?"
 
Y a tan guionadas y extendidas fiestas los sábados, siguen unos domingos que no se diferencian mucho más entre sí, como se ve en el comienzo de uno de los cuentos más asombrosos de Cheever, "El nadador": "Era uno de esos domingos de mitad de verano en que todo el mundo repite: Anoche bebí demasiado. Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía?"
 
Durante el resto del año, lo mismo: "!Ah, esas noches de domingo en los barrios residenciales, esas melancolías de domingos por la noche! !Esos huéspedes del fin de semana a punto de irse, esos cócteles que ya no saben a nada, esas flores medio muertas, esos viajes a Harmon para coger el Century, esos análisis a posteriori y esas cenas a base de sobras!".
 
La repetición es, tal vez, uno de los rasgos principales de las vidas que se entraman en estos cuentos. Y no solo se repiten las fiestas sino también los conflictos: como sucede a los Bentley, el matrimonio de "!Adios, juventud! !Adiós, belleza!", para el que las sucesivas peleas y reconciliaciones "no parecían perder interés a causa de la repetición".
 
En los diarios que llevó desde que era muy joven y que fueron publicados tras su muerte, Cheever reflexionó sobre muchas de las cuestiones que atraviesan su narrativa. Entre ellas, esta, la de los códigos que rigen el estilo de vida de estos hombres -o su apariencia, que es casi lo mismo- y la dificultad de liberarse de ellos. Pero aquí, en las páginas del diario, la aceptación del matrimonio Bentley parece ir dejando lugar a otra cosa, a una sensación de hastío e incluso de encierro -la sensación de estar preso "de cosas bellas y horrendas"- hasta llegar a la metáfora de la cárcel (que dará forma a la trama de la novela Falconer, ya no como metáfora sino en sentido literal: Falconer es, de hecho, una prisión): "Se trata de escapar de un lugar pero nunca lo consigo, nunca llego a otro lugar. Trato de forcejear con las cosas que me atan pero he olvidado la naturaleza de las ligaduras".
 
Y es que lo que ata no es, en realidad, algo tangible ni impuesto desde afuera. Según la teoría que Michel Foucault desarrolla a partir del diseño carcelario en forma de panóptico de Bentham (una torre central llena de ventanas, en la que nunca se ve al vigilante, pero siempre es posible que esté), en las sociedades modernas el control ha sido internalizado por el controlado, lo que vuelve innecesario el control efectivo, ya que lo que opera es su mera posibilidad. El control, una vez internalizado  (por el preso, en Bentham, y en cierta medida también en Cheever) se vuelve capilar, ubicuo, "una intrincada red de amigos y amantes, perros y canarios, deudas, herencias, fideicomisos y empleos" que ancla en el miedo. Esta forma de las ligaduras opera, en los cuentos de Cheever, especialmente en el interior de los edificios de departamentos. Aunque desde luego se disimula, todos controlan a los otros y, al hacerlo, se comparan, y se controlan a sí mismos. Es el caso de "La monstruosa radio", donde un matrimonio compra una radio nueva que, por un inexplicable fenómeno de interferencia, reproduce los sonidos de los departamentos vecinos: las peleas matrimoniales, las conversaciones sobre deudas, las toses durante la madrugada y otros signos de enfermedad.
 
En "Tiempo de divorcio", se oyen de pronto "unos ruidosos golpecitos sobre el radiador, una señal de la gente de arriba pidiendo decoro y silencio, una llamada urgente y expresiva como las comunicaciones que los reclusos entablan por medio de las cañerías de la cárcel". Los golpecitos llegan tras un episodio de gritos, un pequeño exabrupto, un instante de riego para el matrimonio. Sin embargo, al final, no hay divorcio. Tras el sacudón, la vida sigue su curso. Y nos damos cuenta de que esa grieta, que en la brevedad del cuento amenaza con ser el comienzo de la destrucción total, en realidad termina por incorporarse. En uno de los cuentos más famosos de Cheever, "Adiós, hermano mío", se ve que la violencia de desasirse de las ligaduras familiares (es decir, de apartarse en algo del estilo de vida que, como un color de ojos, busca heredarse) es por un lado enorme, pero a la vez es una violencia contenida: un estallido instantáneo que enseguida desaparece, como una piedra que traspasa la superficie del agua con un chasquido y la deja vibrando solamente durante un rato. Otras veces, la violencia es ínfima, pero repetida, y por eso mismo inconfesable. Como le sucede a Irene Wyrson, la protagonista de "Los Wyrson" que "una o dos veces al mes soñaba que alguien (?) había hecho explotar una bomba de hidrógeno", pero por la mañana no era capaz de decírselo a su marido.
 
Con el paso del tiempo, los lazos se hacen más fuertes, más ubicuos, más naturales: más invisibles. La violencia, los pequeños o no tan pequeños estallidos, se vuelven parte de ellos. Cada tanto -cíclicamente, incluso- aparece algo que podría romperlos, cambiar todo, pero que al final se reabsorbe. Como en una especie de guerra fría, en los cuentos de Cheever la amenaza al sistema es parte del sistema:
 
 "Llevaba diez años casado y seguía  convencido de que Jessica poseía un encanto poco común, tanto física como espiritualmente; pero en el último, o en los dos últimos años, algo grave y misterioso parecía haberse interpuesto entre ellos. Que el asado se quemara no era una excepción, sino el pan nuestro de cada día. Jessica quemaba las chuletas, quemaba las hamburguesas, quemaba incluso el pavo del Día de Acción de Gracias?".
 
Ante esta situación, el marido intentará volver el tiempo atrás, volver a hacer las cosas que él y su mujer hacían cuando eran novios, antes de tener hijos y una "enorme cantidad de hábitos que dificultaban sus relaciones". Vuelven a un restaurant que frecuentaban de novios y se entusiasma: "Todas las superficies brillaban, y la luz que caía sobre los hombros era la misma que diez años antes". Sin embargo, Jessica aparecerá con los niños -no consiguió niñera- y la velada no resultará como se esperaba. Algo similar sucede al matrimonio de "Los Hartley", que busca remedar un viaje idílico, para salvar la pareja.
 
Y es que, pese a la apariencia de repetición, en realidad, el paso del tiempo entraña siempre una pérdida, como comprueba Cash Bentley en "!Adiós, juventud! !Adiós, belleza!":
 
"No entiende lo que lo separa de esos chicos que están en el jardín de al lado. También él ha sido joven. Y héroe. Lo han adorado, ha sido feliz y se ha sentido lleno de energía, y ahora se encuentra inmóvil en una cocina a oscuras, privado de sus proezas atléticas, de su impetuosidad, de su buena presencia: de todo lo que significa algo para él. Siente que las figuras del jardín cercano son espectros de alguna fiesta del pasado a la que están ligados todos sus gustos y deseos, y de la que se ha visto cruelmente apartado".
 
Los personajes de Cheever son, casi siempre, matrimonios jóvenes, que están en la edad en que tanto la repetición como la pérdida comienzan a hacerse evidentes. Que ya no va a pasar nada fuera de lo común, que detrás una puerta se ha cerrado y ya no es posible volver atrás y tomar un camino diferente (aunque tal vez, en realidad, nunca fue posible, pero de ilusiones también viven los hombres, como bien sabe Neddy, el protagonista de "El nadador", ese domingo en que se propone cruzar el condado nadando, pasando de una pileta a otra). Y, casi siempre, tienen hijos chicos. Hay niños, de hecho, en la mayor parte de los cuentos de Cheever. Y ellos son los que están afuera, todavía, al menos parcialmente, de esa cárcel de costumbres, hábitos, requerimientos sociales, temores y apariencias, que habitan sus padres; son incluso los que revelan, con su sola mirada, la insensatez y la hipocresía del mundo de los adultos: "Amy que, tumbada en la cama, advirtió de manera imprecisa y lastimosa la corrupción del mundo de los adultos". En ese sentido, los niños representan la posibilidad de un estilo de vida diferente; son líneas de fuga que, a veces, se materializa: en "La historia de Sutton Place" o "Las amarguras de la ginebra", los niños efectivamente se dan a la fuga. Y los adultos se ven, una y otra vez, ante la necesidad de recuperarlos, encauzarlos, reprimir  sus impulsos de fuga y neutralizar sus miradas: convencerlos de "que el hogar, el dulce hogar, era el mejor de todos los sitios posibles".