Alice Munro

Alice Munro

Alice Munro nació en Ontario, Canadá, en 1931. Durante los años en que se desempeñó como librera, publicó sus primeros relatos, aunque sería recién en 1972, tras su divorcio, cuando comenzaría a dedicarse de lleno a la escritura. Publicó algunas novelas, como La vida de las mujeres y conjuntos de relatos entrelazados, susceptibles de ser leídos como novelas, como Something I´ve Been Meaning to Tell You (aún sin traducir al español) y La vista desde Castle Rock, de marcado tinte autobiográfico. Sin embargo, se destacaría sobre todo como escritora de cuentos. Algunos de sus libros más importantes son: Las lunas de Júpiter; Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio; Escapada; Demasiada felicidad; Mi vida querida. En 2013 fue galardonada con el Premio Nobel de literatura.

Cuando todo queda en casa. Alice Munro
 
 
Una de las primeras cosas que se dijeron cuando, en 2013, se anunció la ganadora del Premio Nobel de literatura, fue que Alice Munro -de ella se trataba- era sobre todo escritora de cuentos, un rasgo que la diferenciaba de anteriores premiados, mayormente novelistas. En efecto, Munro forma parte de la extensa tradición del cuento norteamericano (recordando, de paso, que Norteamérica no es solo Estados Unidos), de la que abreva conciente y magistralmente, en especial de sus mujeres: Flannery O´Connor, Carson McCullers. Los cuentos de Munro, sin embargo, tienden a ser tan largos que algunos pueden incluso considerarse pequeñas nouvelles.   
Además, muchos de ellos ("El ojo", "Vida querida" o "La vista desde Castle Rock", todos pertenecientes al segundo y por ahora último tomo de Todo queda en casa, una selección de "mejores cuentos" realizada por la misma autora) se deslizan hacia lo autobiográfico, no tanto en el contenido -o también; en todo caso, no importa- como en el tono: "Vivía, de pequeña, al final de un camino largo, o que a mí me parecía largo. Al volver a casa de la escuela, y más tarde del colegio, dejaba atrás el pueblo de verdad, con su trajín y sus veredas y los faroles para cuando oscurecía. Marcaban el final del pueblo dos puentes sobre el río Maitland: uno estrecho de acero, donde a veces los coches no se ponían de acuerdo sobre quién debía ceder el paso, y una pasarela de madera en la que de vez en cuando faltaba un tablón, con lo que al fondo se veían las aguas brillantes, presurosas. A mí me gustaba mirarlas, pero con el tiempo siempre venía alguien a reponer el tablón" (así comienza "Vida querida").
En ese fragmento, se delimita también un espacio: el pueblo, sus bordes y, más allá, los campos, las granjas. Ese es el escenario de la mayor parte de los relatos de Munro, donde se despliega el drama fundamental: la vida. O más bien habría que decir: las vidas.
El pueblo y los campos circundantes son el lugar donde unas vidas entran en contacto con otras. En efecto, las historias de Munro casi siempre versan sobre las diversas formas de ese contacto; sus verdaderos protagonistas son por lo tanto los lazos entre las personas: hombres y mujeres, padres e hijos -naturales o adoptivos-, pero también compañeros de colegio o vecinos. Y es que en los pueblos, a diferencia de en las grandes ciudades, los lazos que se establecen entre vecinos son, muchas veces, lazos de familia, tanto unos como otros ejercen la fuerza de la pertenencia. Los pueblos implican, ante todo, una forma de sociabilidad, cuya preminencia a veces hace que grandes ciudades mantengan el aspecto de pueblos, aun cuando renieguen de esa denominación: una sociabilidad de lo próximo, lo familiar, incluso lo íntimo. En eso, todos los pueblos se parecen.
Como las familias felices, según Tolstoi. Y es que estos pueblos son como familias ampliadas. Sin embargo, en ellos, la felicidad no se distingue tan claramente de la desgracia (tal vez no haya mejor ejemplo de esto que el cuento que se titula, precisamente, "Demasiada felicidad"). Más bien, sus integrantes viven movidos por grandes y sobre todo complejas pasiones, aunque -?o habría que decir "porque"?-, como señaló el escritor español Javier Marías, son "personajes normales".  
Munro posee una enorme sensibilidad para detectar y narrar todos los matices y vaivenes emocionales que atraviesan y constituyen las relaciones a lo largo del tiempo. Así, en sus relatos, las emociones adquieren una singularidad que termina por alejar a Munro del axioma con que comienza Ana Karenina -de cualquier axioma, en realidad-. Tal vez uno de los cuentos donde mejor se perciben y se recorren estos matices sea "Escapada": ?qué mantiene a una pareja unida? ?el amor, el miedo, el hábito, la esperanza de que las cosas sean diferentes? ?O es un entramado único de esos y muchos otros elementos?
En estos cuentos, se presentan las opciones, se recorren, se eligen sucesivamente, pero no hay resolución, es decir, no se elige un solo camino. Aunque esto no quiere decir que, bajo el influjo de cierta posmodernidad, todo dé lo mismo. Por el contrario, las múltiples modalidades de la felicidad y la desgracia, al alternarse, muestran la hondura de las emociones y las pasiones humanas: su relevancia. En relación con esto, muchos de los cuentos tienen finales abiertos. La narración se interrumpe antes de que la protagonista descubra si su marido le ha infligido un daño irreparable -pero sabe que es una posibilidad-. Aun si los relatos continuaran unos renglones y el daño se confirmara, ?qué pasaría después? Nada lleva a pensar que un matrimonio no pueda subsistir tras un engaño, que el amor no pueda nutrirse de la crueldad.   
Más bien, lo que se percibe en estas historias es que la vida cotidiana está hecha de pactos, que pequeñas, innumerables formas de la violencia enhebran las relaciones. Pero del mismo modo en que no hay resolución, tampoco hay horror, ni grandes revelaciones (y este es uno de los puntos en que puede verse la filiación de Munro con la tradición del cuento norteamericano). Sencillamente, así es la vida: "Rupert no podría haber imaginado otro futuro que llevar la granja de la familia. Era una buena granja, y él era hijo único. Y ella había acabado haciendo exactamente lo que quería. No podía decirse que se hubieran equivocado al elegir un camino en la vida, o que hubiesen decidido en contra de su voluntad, o que no fueran conscientes de sus posibilidades. Simplemente que no habían comprendido que el tiempo pasaría y no les dejaría algo más, si acaso algo menos, de lo que ya habían sido" ("El amor de una mujer generosa"). El largo de los cuentos permite además que muchas veces el foco de la narración vaya cambiando: se ve, como en un paneo, que lo mismo vale en distintas medidas para todo el mundo.
Así, en los cuentos de Munro, la sensibilidad para registrar lo singular confluye con la lucidez para mostrar lo universal. Eso hace posible que incluso nosotros, los argentinos, nos reconozcamos en esos personajes que viven tan cerca del Polo Norte. Y es que la familia y el pueblo conectan lo singular y lo universal entre sí y a esos personajes con nosotros: son espacios en los que todo parece ser conocido, estar a la vista. Sin embargo, cuando se mira con una atención como la de Munro comienzan a revelarse las vetas, los matices, los entramados particulares de las felicidades y las desgracias: cierta opacidad. Es verdad que todo queda en casa, pero hay que reconocer, al mismo tiempo, que cada casa es un mundo.