Alejandra Pizarnik

Alejandra Pizarnik

Flora Alejandra Pizarnik nació en Avellaneda, Buenos Aires, en 1936. En 1955 publicó el primero de muchos libros de poesía: La tierra más ajena. Durante unos años vivió en París, donde trabó amistad con Julio Cortázar, Octavio Paz y muchos otros escritores y editores que participaban de la bohemia parisina, con los que a lo largo de los años entablaría una larga relación epistolar. Además de poesía, escribió textos en prosa (entre los que se destaca La condesa sangrienta, basado en la obra de Valentine Penrose), artículos y reseñas. Murió en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1972.

Smells like teen spirit o cuando la literatura nos cambia la vida
En sus inicios, cuando todavía firmaba como “Buma” –“flor”, en idish: así la llamaban en su casa–, Alejandra Pizarnik cuenta en una carta a su amigo, el escritor Juan Jacobo Bajarlía, que está intentando avanzar en la lectura del Ulises. Le cuesta: Joyce le parece un autor frío, “se ve en el trato que le da a Molly”. El monólogo interior, “otro frío juego del autor”. “La falta de sensibilidad o de emociones te dan ganas de dejarlo a un lado”. Y agrega Buma: “Yo considero que el verdadero lenguaje surge de una misma, del mismo ser, sin rebuscamientos”. La carta, incluida en la Nueva correspondencia Pizarnik –editada por Ivonne Bordelois y Cristina Piña–, está fechada en 1955. De ese mismo año data La tierra más ajena, el primer libro de poemas de Pizarnik, que contaba entonces con diecinueve años.
Mucho después, sobre el final de su vida, Pizarnik volvería a Joyce. En su clásica biografía de la escritora, Cristina Piña señala 1971 como un año capital, entre otras cosas porque es cuando se publica La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa, un conjunto de textos de carácter profundamente transgresor y a veces obsceno, regidos por una lógica “esencialmente metonímica, un frenético deslizarse de un significante al otro diciendo parcialmente lo prohibido y alterando hasta el cuerpo mismo de las palabras en ese afán por capturar y mostrar lo fuera de escena”. Sin embargo, “Alejandra no escribía dichos textos en una especie de trance loco; leía los grandes libros de humor o de desestructuración del lenguaje para captar en ellos los mecanismos de descentramiento del texto y de las palabras”. Borges, Bioy Casares, Quevedo, Lewis Carroll, pero también: James Joyce.
Desde aquel primer rechazo hasta la búsqueda deliberada de influencias, es decir, desde el primer libro hasta los últimos, puede verse el arco recorrido por la escritura de Pizarnik: por un lado es lo suficientemente amplio como para hacer lugar en él a Joyce, pero, por otro lado, resulta indisimulable la continuidad del trazo. Si al principio encontraba en Joyce un puro juego del lenguaje separado de la vida, al final, Pizarnik aceptará esos juegos pero buscará en ellos una manera de expresar su sensibilidad. Se trata de una búsqueda que viene después de una sucesión de pérdidas. Los otros acontecimientos que hacen de 1971 un año capital son la muerte de Elías Pizarnik, el padre de Alejandra, y el desencanto de la poetisa con París, su patria literaria. Pero sobre todo, en esos años Pizarnik  pierde la patria que para ella representaba el lenguaje. Tal vez sea una consecuencia de lo anterior, tal vez sea una causa, muy probablemente sea las dos cosas.
Con la vida astillada, una desamparada Pizarnik intentará romper el lenguaje en busca de proveerse el único cobijo entonces posible: el que se tiene bajo un techo roto. Debía romper el lenguaje para dar forma, aunque fuera en fragmentos, de su sensibilidad fragmentada, lo cual es muy distinto de insensibilizarse.
Pero esa búsqueda trae una falla de origen: realizarla supone constatar que no hay ya totalidad posible, experiencia muy dolorosa para quien concibe la poesía según la idea estética del romanticismo como un acto trascendente y absoluto que implica íntima y totalmente a la vida. Unir vida y poesía, sensibilidad y lenguaje es una de las tareas a las que Pizarnik, desde el comienzo, consagró su escritura. La constatación de la imposibilidad se sumó al mito del poeta maldito, que venía también en el combo romántico, y ya se sabe lo que siguió. Un año después,  Pizarnik se suicidaba, dejando escrito en un pizarrón de su estudio un conjunto de poemas que en la clásica edición de Lumen de la Poesía completa terminarían conformando un único, último poema: “criatura en plegaria / rabia contra la niebla // escrito / en / el / crepúsculo // contra / la / opacidad // no quiero ir / nada más / que hasta el fondo // oh vida / oh lenguaje / oh Isidoro”.
Isidoro es Isidore Ducasse, más conocido como Conde de Lautréamont, uno de los poetas más queridos por Pizarnik, junto con Nerval, Baudelaire, Rimbaud, Artaud: poetas franceses que no solo influyeron en su escritura sino también en la configuración de su personaje de poetisa maldita (aunque este, por otra parte es indisociable de su escritura).
Arthur Rimbaud abandonó la poesía a la misma edad en que Pizarnik publicaba su primer libro, cuyo epígrafe pertenece justamente a ese poeta francés: “¡Ah! El infinito egoísmo de la adolescencia, el optimismo estudioso: ¡cuán lleno de flores estaba el mundo ese verano! Los aires y las formas muriendo…”.  Tanto Rimbaud como los otros contribuyeron a forjar la asociación entre arte y juventud que tanto influiría en Pizarnik pero también en el rock, que se desarrollaba por los mismos años en que Pizarnik escribía. Rimbaud fue una de las grandes influencias literarias de Bob Dylan y de Jim Morrison, quien moriría trágicamente un año antes que Pizarnik. Entretanto, el disco Artaud, de Luis Alberto Spinetta, sale en 1973. De hecho, hasta puede trazarse una asociación entre las muertes tempranas de algunos rockstars y la de algunas poetisas (que estas últimas mueran menos tempranamente se explica porque, como se sabe, una de las ventajas de ser escritor es que la juventud se extiende hasta los cuarenta e incluso cincuenta años).
El vínculo entre poesía, vida y juventud, faceta romántica de Pizarnik que puede leerse (con sus avatares) con claridad en sus cartas , puede parecer hoy una idea un poco perimida, sin embargo, no por eso deja de funcionar. En efecto, tal vez Pizarnik sea tal vez la poetisa más leída. Y lo que es más importante aún: más generadora de escritores de poesía.
Leímos a Pizarnik, esa niña extranjera en su cuerpo de adulta –como tantas veces se definió en sus poemas–, cuando éramos adolescentes y para muchos de nosotros ahí se trazó un primer vínculo con la poesía; sólido como todos los vínculos que se establecen temprano.
En ese sentido, es posible comparar a Pizarnik con su amigo Julio Cortázar, cuyas obras, afirma Carlos Gamerro en uno de los artículos de Ficciones barrocas, son recordadas con tanto cariño “porque nos han cambiado la vida”. Al leerlas, escuchamos a Charlie Parker, dejamos de hacer citas para encontrarnos y comenzamos a “apretar el tubo de dentífrico desde el medio, con saña”. Algo similar sucede con el norteamericano J.D. Salinger: “uno quiere ser aceptado en el Club de la Serpiente tanto como ser adoptado por la familia Glass”. No se puede leer a Cortázar o a Salinger sin participar, de algún modo, de ese pacto, es decir, sin manifestar en algún grado esos deseos. De la misma manera, no se puede leer a Pizarnik sin desear vivir en los sesenta, coquetear con la locura, trasnochar en bares y casas de amigos hablando de literatura, escribirse con Cortázar, con Olga Orozco, con Mujica Lainez, histeriquear con Silvina Ocampo. No se lee a Pizarnik sin acordarse de memoria sus poemas, sin decirlos cada vez que se da la ocasión o escribirlos en los márgenes de las hojas del colegio. Pero sobre todo, no es posible (o, en todo caso, casi nunca sucede) leer a Pizarnik sin que eso signifique una entrada irreversible en el mundo de la poesía.


Lara Segade