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El interprete del dolor

Jhumpa Lahiri

El intérprete del dolor, recientemente editada por Salamandra, es la ópera prima de Jhumpa Lahiri, escritora indo-norteamericana, que nació en el Reino Unido de padres bengalíes pero pasó casi toda su vida en Estados Unidos. El cruce, signo evidente de la biografía de Lahiri lo es también de su escritura: en efecto, las nueve historias que componen el libro son historias de cruce.
 
Cruce entre personas, ante todo. Las relaciones humanas son el terreno que mejor domina Lahiri, en especial en lo que tienen de frágil, de efímero, de circunstancial: una pareja que se ve obligada a reencontrarse, ante el hecho fortuito de que la compañía corte la luz una hora por día; las primeras semanas de convivencia de un matrimonio arreglado; la intimidad que se genera entre un chico, que ya va dejando de ser chico -o al menos así lo considera su madre- y va dejando por lo tanto de necesitar niñeras, y su niñera, una inmigrante india que nunca termina de añorar el país que dejó; el viaje hacia el Templo del Sol de Konark que emprenden una familia estadounidense de origen indio -aunque disimulado- y su guía turístico.
 
Desde luego, el cruce es también cultural. Los personajes de los cuentos de Lahiri son casi siempre migrantes, ya sea por voluntad propia o a la fuerza, turistas o en todo caso seres que, aun en su país, habitan algún tipo de frontera: hindúes que se fascinan por la iconografía cristiana o mujeres segregadas a los márgenes de la sociedad a causa de sus endebles posiciones económicas o psíquicas.
 
En el último cuento del libro se relatan los primeros días de un inmigrante indio en Norteamérica y su relación con la dueña de la casa en la que alquila un cuarto, una mujer de 103 años. Años después, al recordar aquellos días, con sus pequeños rituales diarios -que incluían comentarios sobre la entonces reciente llegada del hombre a la luna-, el hombre dirá:
 
"Aquellos astronautas, a quienes siempre consideraremos héroes, sólo pasaron unas horas en la luna; yo, en cambio, llevo casi treinta años en este nuevo mundo. Sé que mi logro no tiene nada de extraordinario. No soy el único que se marchó a buscar fortuna lejos de su tierra y, desde luego, no soy el primero. Con todo, a veces me maravilla pensar en cada kilómetro que he recorrido, en cada plato que he comido, en cada persona a la que he conocido y en cada habitación en la que he dormido. Aunque todo eso es de lo más normal, en ocasiones me parece inaudito".
 
Lahiri -ganadora del Premio Pulitzer con tan solo treinta y dos años y autora de otras dos novelas editadas por Salamandra- es capaz de mirar esos vínculos y detectar en ellos una infinidad de matices que, por sutiles, no son menos relevantes. En efecto, es capaz de iluminar esos vínculos de tal modo que se vuelven extraordinarios, de convertir los cruces contingentes en verdaderos encuentros.

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Florentina

Eduardo Muslip

Florentina
Eduardo Muslip
 
 
Como casi todas las historias sobre muertos, Florentina, la nueva novela de Eduardo Muslip, comienza con una aparición: la de la abuela sentada en uno de los sillones de la casa de los tíos, en Barracas. A partir de ahí va desplegándose el relato de la vida de Florentina, emigrante a la fuerza de una Galicia que nunca dejaría de añorar y con la que Argentina iba a perder todas las comparaciones.
 
Y es que Florentina es también una historia sobre lugares (tal vez todas las historias de muertos en alguna medida lo sean): el campo en Galicia y, en Buenos Aires, Barracas, La Boca, el Riachuelo y su contaminación creciente, la zona de los hospitales psiquiátricos.
 
El relato está compuesto por recuerdos y reflexiones del narrador, percepciones de su abuela siempre mirada como desde afuera, nunca en contacto: Florentina no es de ese tipo de abuelas. Pero también el relato está compuesto de lo que ella contaba, lo que decía de las personas, algunas frases que repetía siempre. Y, finalmente, de lo que los otros miembros de la familia fueron diciendo de Florentina: otro puñado de frases repetidas, suerte de epítetos, como "nos va a enterrar a todos" o "para esa época ya estaba enferma".
 
Pero, ?es realmente una aparición? ?o se trata más bien de una visión? Es decir, ?qué es el recuerdo de los muertos? No hay, en toda la novela, episodio que no contenga, de algún modo, esa pregunta, insistente y algo melancólica: ?cómo recordamos a las personas? ?Hay algo que exista en sí y que una vez muerto pueda aparecérsenos, tal como era? ?O solo hay visiones, que los grupos, y muy en especial las familias, van construyendo a lo largo de los años, palabras e imágenes que después ya no pueden despegarse del ser?
 
Florentina murió treinta años antes del comienzo de la novela. Es decir, no se trata de un proceso de duelo ni tampoco de una lucha contra el olvido: en todo caso, la abuela en sí ya está lejos.
 
Cierta distancia parece ser fundamental, una condición para el relato: como cuando se mira por la ventana del tren y solo se ve lo que, por estar lejos, permanece; y en cambio las manchas verdes o marrones que tocan la ventanilla no alcanza siquiera a comprenderse qué son.
 
(La abuela sobre esta cuestión no se pronuncia: ella necesita desniveles para percibir la distancia, en la llanura no ve nada, ni le interesa.)
 
Florentina en sí ya está lejos. Quedan las pequeñas historias, fragmentos intactos de una vida, que con la paciencia y el amor de un coleccionista el narrador va acomodando, suavemente, uno junto al otro, para que podamos contemplarlos.

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