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Black out

MaríA Moreno

Black out
María Moreno
 
María Moreno, que durante mucho tiempo ha estado acostándose tarde o, directamente, no acostándose, pasando del bar de la ronda nocturna al del desayuno o al banco de la Plaza Miserere, emprende ahora la tarea de recuperar, contándolo, ese tiempo. Black out es el resultado de esa tarea, una evocación desencadenada y empujada a cada página por el sabor del whisky y la ginebra.
 
Black out está formado por tres tipos de textos, que se alternan. "Del otro lado de la puerta vaivén" dice responder al orden del microensayo y toca temas que van desde los recuerdos de la infancia, la historia familiar y el modo en que se fue forjando con los años la relación con el alcohol, hasta una propuesta de origen para la literatura argentina que completa la conocida hipótesis de David Viñas o más bien la lleva un paso más allá: antes de torturar al unitario, observa Moreno, los mazorqueros "se colocan": "?Sería posible El matadero si fuera un relato en seco?". "Ronda" responde al orden del territorio, que es mayormente el de Once y el de Tigre, aunque también es por momentos Londres o México. "La pasarela del alcohol", por último, responde al orden del retrato: los retratados -Miguel Briante, Norberto Soares, Héctor Libertella, Charlie Feiling, Claudio Uriarte- tienen en común que son amigos de esa zona fronteriza, de mezcla, entre la literatura y el periodismo en la que siempre eligió moverse la propia Moreno, que transitaron junto con ella "la pasarela del alcohol" y que están muertos.
 
Podría decirse que la muerte es el punto de partida de Black Out: ese "apagón", del padre antes que nada y luego de los amigos, esa generación que en gran parte desapareció a manos del terrorismo de estado pero, dice Moreno, también murió de cáncer, del corazón, en accidentes. La narración, entonces, parte de la muerte, en un gesto que se quiere despedida y que recuerda el de aquel ángel descripto por Walter Benjamin: avanzando hacia el futuro de espaldas, con las alas abiertas, impulsado por el viento del progreso de cara a las ruinas, a lo que fue dejando la historia a su paso. En Black out hay esa mirada hacia atrás, hacia un tiempo perdido, hacia los que ya no están; y hay, también, esa acumulación un poco caótica de escombros: se va pasando de un tiempo a otro, de un pensamiento a otro, de un amigo a otro, de una escena a otra -aunque, hay que decirlo, el libro está meticulosamente calibrado para que de allí resulte sin embargo un orden, una lectura de corrido, novelera-. Y es que si es el alcohol lo que da inicio y alienta, el recorrido no podría nunca ser lineal. Tiene, por el contrario, o imita hábilmente, el paso en "S" de los borrachos que en realidad se acercan a la pared, dice Moreno, para tomar fuerza, una y otra vez.
 
Así, ni el relato ni la vida son aquí lineales, lo que puede leerse, en relación con la escena literaria contemporánea, como una toma de posición que es más bien, como se plantea en el libro respecto de la elección sexual, una no posición, es decir, un movimiento, una resistencia a lo que, al fijar, obliga. En un tiempo en que los relatos del yo, en sus diversas formas, copan el centro de la escena, Moreno indaga en la distinción entre ficción y biografía, entre artificio y realidad: ?quién es el Levrero de La novela luminosa? , ?y el Bolaño que, en el hospital, sigue escribiendo lo que serán sus textos póstumos?, ?y el Lamborghini de Strafacce? Es decir, Moreno recorre esas zonas en que escritura y vida se acercan tan peligrosamente como en su propio libro:
 
"Si escribo lo que escribo, ?me desnudo? Hay quienes leen como si se tratara de la vida misma. Temblorosos de unanimidad admirativa, mientras creen alcanzar algún mendrugo de intensidad en medio de la opacidad habitual del mundo -tomándola como una confesión-. Son como esos pájaros que entraron a un museo y, deteniéndose ante una naturaleza muerta hiperrealista, se pusieron a picar los frutos".
 
La distinción entre escritura y vida se vuelve difusa y hasta irrelevante en la medida en que se vuelve ingenua la idea de que habría una vida preexistente, a la que la escritura se refiere y que los lectores avezados conseguirían develar e incluso devorar. En efecto, en una entrevista con Walter Lezcano, Moreno se refiere a este tiempo como a un tiempo de canibalismo, en el que ante la baja general de las experiencias se busca "comer la experiencia del otro" y afirma: "Lo que escribo acá no tiene nada que ver con el recuerdo. Este libro se ocupa menos de la experiencia que de la genealogía literaria. Mi alcoholismo en el libro tiene que ver menos con mi experiencia que con leer a Dorothy Parker, por ejemplo, o ciertos textos beatniks. Viene por ahí. No es tanto una trama sin mediaciones".
 
Pero tal vez nada resuma mejor la posición -es decir, la no posición, el vaivén: la opción por la ambigüedad- que la anécdota que da inicio al libro. En tono de mito suburbano, se cuenta que un hombre completamente borracho se sube, cargando una jaula tapada con una tela, a un colectivo atestado. Una vez que se instala, los otros pasajeros comienzan a preguntarle por el contenido de la jaula. El hombre dice que lleva una mangosta, y agrega que la necesita para que se coma a las víboras del delirium tremens.  
 
"Pero esas víboras no son verdaderas, le dijo una chica con delantal blanco. Entonces el hombre levantó una punta del trapo para mostrar que la jaula estaba vacía. Tenía un aspecto radiante cuando dijo: !pero esta mangosta tampoco es verdadera!"
 
Hay, entonces, partida desde la muerte y avance. Un avance que, sin embargo, no configura una línea sino un zigzag que permite ir sorteando y dejando atrás los vacíos, las zonas ensombrecidas por el duelo, pero también los blancos: aquello que después de varias copas no se recuerda ni, tampoco, se quiere recordar, así como eso que deliberadamente no se va a contar, ese "secreto", como designó María Pía López en la presentación del libro a "por qué y por quién, con qué promesa y qué amuleto, dejó de tomar hasta el black out". Y en esa suerte de fuga hacia adelante, todo se convierte en otra cosa y se mezcla, todo se metaforiza,  se trasvasa: del negro de la noche en blanco hacia los puestos colorinches del Once, de la transparencia etílica hacia el carmesí de la sangre, que es a su vez devenir metafórico de otro líquido carmesí, el de los experimentos que hacía, un poco como show, la madre química.
 
Si en algún lado puede leerse la asociación, tantas veces trazada, de María Moreno con el barroco, es tal vez aquí: en esta fuga de las zonas aparentemente puras, incontaminadas, pero estériles de los vacíos; en esta narración que no se duerme, que no deja de moverse. Un movimiento que, aclara la autora al final, no es nostálgico -o trata de no serlo, en todo caso-. Un movimiento, en definitiva: contra la contemplación, un poco tonta, del medio vaso lleno, la prometedora acción de llenar el vaso.

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El peregrino

J. A. Baker


 
Entre 1955 y 1965, J.A. Baker -de cuya vida muy poco se sabe- recorrió la región de Essex, al este de Inglaterra, en busca de los halcones peregrinos que cada otoño migraban hacia allí. En 1967, publicó el primero de sus dos únicos libros: El peregrino, que condesaba, bajo la forma de un diario, las anotaciones que había realizado durante esos diez años y que Marcelo Cohen acaba de traducir preciosamente para la editorial Sigilo.
 
 "Seguí al peregrino durante diez años. Me había poseído. Para mí era el grial. Ahora ya está. La larga persecución se acabó. Quedan pocos peregrinos, habrá cada vez menos y quizá no sobrevivan. Muchos mueren de espaldas, insanamente aferrados al cielo en las últimas convulsiones, mustios y consumidos por el polen sucio, insidioso, de los pesticidas"
 
En ese momento, los peregrinos estaban en peligro de extinción, en gran medida a causa del uso de agrotóxicos, y Baker, tomado por esa inminencia, ve en los ejemplares que observa a los últimos de una raza:
 
"En los días siguientes los vi muchas veces. Tenían un nido en las rocas pero no huevos ni pichones. Se pasaban el día posados en el acantilado o planeando sobre el mar. La caza la hacían tierra adentro, muy temprano o muy tarde, y no les tomaba mucho tiempo. Parecían aburridos, estériles; no significaban nada".
 
No se trata de la inminencia de la muerte. Por el contrario, la muerte es un hecho presente, cierto y lleno de reverberancias. Se trata de la inminencia de un final más absoluto, el de la extinción, que atañe a la especie y no al individuo. Por eso, el tiempo de este libro no es el de un año, ni el de diez: es un tiempo de los siglos; y su centro no es el hombre, pero tampoco las aves, ni siquiera el peregrino: es algo que está más allá y que los comprende a todos. Podría decirse que, como reza la contratapa, este es un libro sobre la naturaleza: sobre la costumbre y sobre el cambio; sobre lo inevitable y lo imprevisible . Y, sobre todo, es un libro sobre el miedo.
 
Toda la zona de Essex, esos confines que Baker va describiendo con tanta dedicación como a las aves -como si no fueran, en realidad, cosas distintas- tiene un ritmo vital, que se rige por el miedo tanto como por los fenómenos climáticos, geográficos, migratorios.
 
Miedo de las otras aves al peregrino, que no tiene otro criterio más que la disponibilidad para elegir a sus presas. Porque "para un ave hay solamente dos clases de pájaros: los de su clase y los peligrosos. No existe ninguna otra. El resto son objetos inofensivos como las piedras, los árboles o los hombres cuando están muertos".
 
Miedo del halcón peregrino al hombre.
 
Pero también la falta de miedo que es, para Baker, lo que define al hombre como especie. No el "miedo a lo intangible, la asfixia del introvertido, sino miedo físico, el sudor frío de miedo por la propia vida, miedo a la amenaza de la bestia oculta, inminente, erizada, de fauces atroces, ávida de nuestra sangre salada y caliente".
 
Del terror multiplicado de los pajaritos acurrucados en los setos que trinan "su prevención al cielo vacío" a la calma con que el hombre está acostumbrado a moverse se extiende la brecha entre el hombre y las aves -"Toda la mañana los pájaros la pasaron amuchados de miedo al halcón pero no volví a encontrarlo. Estoy seguro de que si yo también le tuviera miedo lo vería más seguido"-, que durante sus recorridos Baker intentará achicar.
 
Así, Baker no solo busca a los peregrinos, busca acercarse, crear un vínculo con ellos, sabiendo que, como se dice casi al comienzo, "no hay vínculo más grande que el del miedo compartido". El peregrino es, entonces, un libro sobre la transformación que entrañan los vícnulos; es, podría decirse, también una historia de amor.
 
La búsqueda -hunt en inglés, que hábilmente Marcelo Cohen traduce casi siempre por "cazar"- es obsesiva, apasionada, incluso amorosa. Pero también es, por momentos, una búsqueda detectivesca y hasta forense. Baker va reconstruyendo los pasos del halcón a partir del análisis de los restos de las presas que encuentra:
 
 "A las tres horas volví a los saladares y al pie del rompeolas, cerca de la marca de alta marea, encontré los restos de un gran somormujo lavanco. Había sido un ave muy pesada, tal vez de un kilo trescientos, y el cazador debía de haberle caído encima desde una altura considerable. Ahora pesaba menos de medio kilo. El esternón y las costillas estaban lisos. También se habían limpiado al máximo las vértebras y el largo cuello. Cabeza, alas y estómago habían quedado intactos. Los órganos expuestos, todavía calientes, exhalaban un leve vaho al aire glacial"
 
En otro momento, Baker encuentra el cuerpo de una agachadiza que, dice, "parecía una estrella muerta cuya luz verde y turquesa sigue parpadeando a través de largos años de luz". O encuentra las huellas de un peregrino y reflexiona:
 
"Apoyar la mano en donde había estado el peregrino hacía tan poco me provocó un sentimiento muy fuerte de proximidad, de identificación. Es extraño lo conmovedoras que son las huellas en la nieve. Casi parecen una delación vergonzosa de las criaturas que las dejan, como si hubiese quedado algo de ellas indefenso"
 
Pero lo que se busca resolver, en última instancia, no es el crimen sino, en todo caso, esa suerte de ecuación de distancia entre las partes de la naturaleza, entre el miedo y amor. La clave, como para los cazadores y los detectives, está en los detalles, que Baker registra y, sobre todo relata, con una gran precisión que consiste en gran medida en la capacidad de poner en comparación, de elaborar un complejo y hermoso sistema de equivalencias:
 
"Los peregrinos perfeccionan su poder de muerte mediante una práctica incesante, como los caballeros o los deportistas".
 
"Como el navegante, el peregrino vive en un mundo líquido sin lazos, un mundo de estelas y declives, de planos inclinados de tierra y agua".
 
"Desde los surcos no menos de dos mil zancudas me daban la cara como soldados de juguete en formación de combate".
 
"La caza de un halcón es como las brasas calientes de un fuego mortecino".
 
"[el halcón] parecía fundido en bronce como el casco alado de un vikingo".
 
 "El pájaro muerto quedó colgándole de las garras como un ahorcado".
 
"El mar respiraba en calma, como un perro dormido".
 
Las comparaciones que anidan por todo el texto funcionan, así, como mecanismo de aproximación entre especies y entre universos. Podría decirse que son una de las formas en que avanza en su búsqueda Baker, quien, vamos comprendiendo a medida que avanzamos en la lectura, es ante todo un escritor. O tal vez se vaya convirtiendo en uno, a medida que avanza él mismo junto al estuario con la mirada en el cielo, y es así que va volviéndose, también, detective, forense, fanático, amante, peregrino.
 

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