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Mis años grizzly

Doug Peacock

La traducción al español de Mis años grizzly, del norteamericano Doug Peacock, dio nacimiento en 2015 a la colección "Libros salvajes" de la editorial Errata Naturae, regida por el lema de Henry David Thoreau de que "todo lo bueno es libre y salvaje".
 
Como Del caminar sobre el hielo, de Werner Herzog  o El peregrino, de J.A. Baker -otros recomendados de Libros del Pasaje-, Mis años grizzly es uno de esos libros en los que se narra la fuga de un hombre a la naturaleza ante la catástrofe de la civilización, que es también una catástrofe personal. Salirse de los caminos, de las zonas habitables o turísticas, internarse en los bosques y, sobre todo, acercarse a los animales cuanto sea posible, en este caso a los grizzly, una especie singular de osos, enormes y claros, que habitan zonas frías del norte de los Estados Unidos y que, como el peregrino de Baker, están en peligro de extinción.
 
Doug Peacock acaba de regresar de Vietnam y no encuentra manera de reinsertarse en la sociedad, ni siquiera de pasar tiempo en ella. Durante unos años, vaga por paisajes deshabitados, toma alcohol y algunas veces pasa noches enteras recordando la guerra o, más bien, reviviéndola. Y es que, como él mismo dice, "el pasado nunca quedaba suficientemente lejos en aquellos días". Pero es también entonces que comienza a seguir el camino de los osos, a observarlos, a interesarse por ellos.
 
Tiempo después, su amigo Gage lo proveerá de una cámara, que será casi lo único que Peacock lleve consigo en los ahora más regulares viajes al territorio grizzly: "Quería grabar películas con grizzlies salvajes, lejos de las carreteras y la gente. Quería ver cómo se comportaban cuando desaparecían el hombre y sus instrumentos". Pero sobre todo, lo que se busca es obtener imágenes de los grizzlies antes de que sea demasiado tarde.
 
Como se explica en uno de los interludios del texto, "La desaparición del grizzly", los osos fueron desde siempre animales considerados inútiles, en el mejor de los casos, e incluso amenazantes para actividades productivas como la ganadería o el turismo, por lo que se convirtieron en objeto predilecto de caza desde los tiempos en que el Oeste de Estados Unidos todavía no había sido colonizado. Sin embargo, en los años setenta la situación parece haber empeorado, o al menos así lo percibe Gage:
 
"Gage había hecho sus entrevistas, preguntando a más de cincuenta personas, en su mayoría trabajadores de los rangos más bajos del parque y subcontratados, dónde habían ido a parar los osos. La historia que escuchó era un relato bastante consistente sobre empleados que disparaban a los osos negros que frecuentaban las carreteras y campamentos en busca de comida. Lo que les había pasado a los grizzlies estaba menos claro, casi nadie había visto uno. Gage estaba furioso, y a mí me costaba tragarme el cuento que solían esgrimir de que el Servicio de Parques Nacionales estaba diezmando intencionadamente a la población grizzlie. Sin embargo, parecía evidente que se había creado una atmósfera propicia para que una serie de empleados pudiera deshacerse de los osos 'problemáticos' sin tener que dar luego demasiadas explicaciones".
 
Peacock oscila entre creer y no creer las teorías conspirativas sobre una suerte de "equivalente animal del Watergate":
 
"Como acababa de volver de un lugar donde elementos como la paranoia y la esquizofrenia constituían versiones perfectamente válidas de la realidad, me costaba tragarme la versión oficial. Había cogido la costumbre de prestar atención a las cosas sobre las que la gente se tomaba la molestia de mentir. El mismo escepticismo que aprendí de los militares durante la ofensiva del Tet se puso en acción para mi lectura del bienestar de los osos grizzly. Vietnam había endurecido mis dudas. Esas consideraciones teñían mi modo de ver las cosas, claro está [?] Había perdido la confianza en los poderes que dirigían las salas de la guerra -ya fuesen los generales que encabezaban la Gran Guerra de Vietnam o los políticos y burócratas al frente de la guerra, a más pequeña escala, contra los grizzlies-".
 
En cualquier caso, el avance del turismo está reduciendo cada vez más las zonas que los osos encuentran libres para reproducirse y cazar. Hay una pérdida, que es común a osos y hombres y que está en el centro de un relato cuyos motores son la paranoia y la melancolía: dos posiciones diferentes frente a la pérdida -el miedo o la constatación- pero, al mismo tiempo, las únicas vías posibles para evitar la perdición.
 
De hecho, Mis años grizzly comienza con un singular ritual que es, a la vez, de restitución y de despedida: Peacock regresa a depositar cerca de un oso el cráneo de su madre, comprado a un cazador. Durante sus recorridas por Yellowstone había visto juntos a la osa y su hijo y ahora volvía a juntarlos, justo antes de la gran nevada que daría comienzo al invierno y a la hibernación.
 
Así, hay en este libro una especie de círculo que se cierra, o más bien: que siempre se está cerrando. Y es que hay algo así como un tiempo cíclico, que sigue más las estaciones que los años. Por eso, la narración va pasando de una primavera a otra así como va pasando de un espacio a otro: de la guerra de los grizzlies a la de Vietnam. El pasaje puede resultar confuso si uno se aferra a una cronología, si uno intenta reponer un ordenamiento civilizado del tiempo y poner cada cosa en su lugar: Vietnam, el regreso y los años de vagancia y perdición, el encuentro con los primeros osos, 1973 -el año en que Gage le da la cámara-, los años de filmación, el presente de la escritura. Y es que no se trata de instantes separados, no se trata del orden ni de la clasificación sino, por el contrario, de su desbaratamiento.
 
Ya en el siglo XIX se sabe que el hombre viene del mono y que no existe, en realidad, una disrupción sino una cadena evolutiva. Sin embargo, no fue hasta avanzado el siglo XX que la literatura comenzó a dar cuenta de esta continuidad. Según señala Gabriel Giorgi en Formas comunes, desde los años sesenta, "el animal cambia de lugar en los repertorios de la cultura", a partir de que una serie de materiales estéticos comienzan a explorar formas de contigüidad, de proximidad con la vida animal. La vida animal ya no puede ser separada con precisión de la vida humana. Y esto, por supuesto, desbarata todas las clasificaciones. La distinción entre humano y animal, que durante mucho tiempo había funcionado como un mecanismo ordenador, se tornará cada vez más precaria. Y no de otra cosa habla Mis años grizzly:
 
"Me acuclillé y estudié la silueta de la huella trasera del grizzly sobre la capa de barro. Cuán humana era. La primera vez que vi el esqueleto de un oso negro me impactó su escalofriante parecido a un cadáver humano. Los osos son capaces de erguirse y, como nosotros, tienen una visión frontal y binocular. Son hábiles y pueden girar sus patas delanteras. Roncan cuando duermen y abofetean a sus cachorros cuando los oseznos se meten en problemas. El oso es omnívoro, el único mucho más grande que nosotros. En Norteamérica, un continente sin primates, los grizzlies son los animales más parecidos al hombre. Son, como nosotros, generalistas que colonizan diferentes hábitats [?] Los osos nos recuerdan en qué podríamos habernos convertido de no haber dejado la naturaleza para vivir en pueblos, ciudades y barrios residenciales".
 
No es casual que esto ocurra después de una catástrofe como la que representa una guerra, en la que los hombres matan y mueren "como animales". Entonces, una idea de civilización comienza a resquebrajarse: los hombres ponen en duda lo que siempre creyeron de sí mismos y del mundo y se hacen visibles por un momento el engaño y el error que supusieron el camino de la evolución y su relato. Pero también es entonces -en ese tiempo desordenado que sigue a la catástrofe, en la proximidad con el pasado animal y en la indefinición que conlleva- que algo, tal vez, pueda salvarse. Peacock lo adivina y no es otra cosa lo que lo empuja, primavera tras primavera, página tras página, a adentrarse, solo, en territorio grizzly.
 

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Sentada en su verde limón

Marcial Gala

Con el reciente éxito en nuestro país de Leonardo Padura -en especial de su novela El hombre que amaba los perros, sobre la vida en el exilio de León Trotsky- comenzó a subsanarse un desconocimiento de años sobre la literatura caribeña en general y cubana en particular. Si con algo asociábamos a Cuba era con la revolución y, en cuanto al arte, a la música de la Nueva Trova. No mucho más: nuestra idea de la literatura cubana por poco empezaba y terminaba en José Martí. Desde hace unos años, la editorial Corregidor está colaborando con la corrección de ese defecto -nuestro, desde luego- con la publicación de algunas de las novelas de Marcial Gala, en su colección Archipiélago Caribe: La catedral de los negros, en 2015 -publicada originalmente en 2012- y, ahora, Sentada en su verde limón, de 2004.
 
Para Marcial Gala, sin embargo, ese desconocimiento de lo que se escribe en Cuba termina por jugar a favor: su escritura no puede menos que sorprender. Hasta la lengua que hablan sus personajes resulta extraña, inesperada. Pero tal vez lo que más sorprende es que esperamos que todo arte en Cuba sea propaganda revolucionaria. Marcial Gala, en cambio, escribe después de la caída de la Unión Soviética, y habla, como dice él mismo en una entrevista con Télam, de lo que ha sucedido al hombre cubano "tras muchos años de búsqueda de la utopía del hombre nuevo, que resultó en parte, pero en gran parte no resultó".
 
De hecho, Sentada en su verde limón transcurre en la ciudad de Cienfuegos durante el llamado "Período especial", los años que siguieron a la caída de la Unión Soviética, marcados por el recrudecimiento del bloqueo de Estados Unidos y una profunda crisis no solo económica sino también humana, un momento de resquebrajamiento del horizonte de futuro que había orientado la vida en Cuba desde 1959. La historia es la de un extraño triángulo amoroso, compuesto por Harris, un saxofonista alcohólico que vive de la gloria del pasado, la jovencísima Kirena, que sueña con ser poeta, y Ricardo, un pintor que muy cada tanto vende algún cuadro, más reconocido en el barrio por pasarse el día fumando marihuana.
 
Las verdaderas historias de amor suelen terminar mal, dice la contratapa. Pero esta historia, antes de terminar mal empieza mal: empieza, podría decirse, sabiendo que va a terminar mal: "no podía hacer nada por ella, salvo estar sentado a su lado y abrazarla y decirle no temas, Kirenia, todo se va a arreglar, aunque ambos sepamos que nada se arregla porque no hay nada que arreglar". Y es que en esta novela los personajes y sus historias están caídos desde en una especie de no future punk - y en esto también, como en la fuga constante hacia el alcohol y las drogas- Sentada en su verde limón recuerda en algo a aquel Viva la música, del colombiano Andrés Caicedo. Aunque la novela de Marcial Gala parece ir todavía más lejos en el desencanto. A diferencia de Caicedo y del punk, la juventud no provee de un punto de apoyo: "Tener diecinueve años, oficio triste porque nadie tiene diecinueve años". Como tampoco lo provee el pasado, salvo quizás para Harris, que es el personaje más viejo. Así, lo que puede parecer al comienzo un tono melancólico, se va desgajando a medida que avanza la historia para dejar paso a una mirada distante, desesperanzada, como la de quien siente que el mundo es "una avecilla rara que uno descubre mirando por el ojo de la cerradura de una casa abandonada, ave que por mucho que hagamos nunca será nuestra":
 
"Era como si no existiéramos, era como si hubiéramos estado sentados desde siempre en ese maldito banco mirando la nada, era como si fuéramos parte del Prado, era tan angustioso que comprendí que había que irse de Cienfuegos, era necesario echar el ancla en alguna otra parte pues la ciudad lo va asimilando a uno, convirtiéndolo en la nada".
 
Una mirada al margen de la vida, como la de los fantasmas. Y es que Sentada en su verde limón es también, en parte, una novela de fantasmas. Hay fantasmas verdaderos que solo Harris percibe -pero que toman la palabra por algunos momentos- y fantasmas inminentes: vivos que ya se saben condenados a muerte, cuyo rasgo físico que más se destaca es la espalda. El gesto es el de irse, el de estar yéndose: de la épica revolucionaria -y qué mejor que el nombre encendido de Cienfuegos para encarnarla-; del fuego; de la comunidad, de la vida: de esos finales tristes trata esta novela, que transcurre en ese instante de estupor en que se percibe todavía el fantasma de lo que fue y no se adivina todavía la forma de lo que vendrá.

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