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El peregrino

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Materia: Lit. Universal ISBN: 978-987-4063-58-8
Editorial: Editorial Sigilo (Argentina) Num. de edición: 1

Reseña


 
Entre 1955 y 1965, J.A. Baker -de cuya vida muy poco se sabe- recorrió la región de Essex, al este de Inglaterra, en busca de los halcones peregrinos que cada otoño migraban hacia allí. En 1967, publicó el primero de sus dos únicos libros: El peregrino, que condesaba, bajo la forma de un diario, las anotaciones que había realizado durante esos diez años y que Marcelo Cohen acaba de traducir preciosamente para la editorial Sigilo.
 
 "Seguí al peregrino durante diez años. Me había poseído. Para mí era el grial. Ahora ya está. La larga persecución se acabó. Quedan pocos peregrinos, habrá cada vez menos y quizá no sobrevivan. Muchos mueren de espaldas, insanamente aferrados al cielo en las últimas convulsiones, mustios y consumidos por el polen sucio, insidioso, de los pesticidas"
 
En ese momento, los peregrinos estaban en peligro de extinción, en gran medida a causa del uso de agrotóxicos, y Baker, tomado por esa inminencia, ve en los ejemplares que observa a los últimos de una raza:
 
"En los días siguientes los vi muchas veces. Tenían un nido en las rocas pero no huevos ni pichones. Se pasaban el día posados en el acantilado o planeando sobre el mar. La caza la hacían tierra adentro, muy temprano o muy tarde, y no les tomaba mucho tiempo. Parecían aburridos, estériles; no significaban nada".
 
No se trata de la inminencia de la muerte. Por el contrario, la muerte es un hecho presente, cierto y lleno de reverberancias. Se trata de la inminencia de un final más absoluto, el de la extinción, que atañe a la especie y no al individuo. Por eso, el tiempo de este libro no es el de un año, ni el de diez: es un tiempo de los siglos; y su centro no es el hombre, pero tampoco las aves, ni siquiera el peregrino: es algo que está más allá y que los comprende a todos. Podría decirse que, como reza la contratapa, este es un libro sobre la naturaleza: sobre la costumbre y sobre el cambio; sobre lo inevitable y lo imprevisible . Y, sobre todo, es un libro sobre el miedo.
 
Toda la zona de Essex, esos confines que Baker va describiendo con tanta dedicación como a las aves -como si no fueran, en realidad, cosas distintas- tiene un ritmo vital, que se rige por el miedo tanto como por los fenómenos climáticos, geográficos, migratorios.
 
Miedo de las otras aves al peregrino, que no tiene otro criterio más que la disponibilidad para elegir a sus presas. Porque "para un ave hay solamente dos clases de pájaros: los de su clase y los peligrosos. No existe ninguna otra. El resto son objetos inofensivos como las piedras, los árboles o los hombres cuando están muertos".
 
Miedo del halcón peregrino al hombre.
 
Pero también la falta de miedo que es, para Baker, lo que define al hombre como especie. No el "miedo a lo intangible, la asfixia del introvertido, sino miedo físico, el sudor frío de miedo por la propia vida, miedo a la amenaza de la bestia oculta, inminente, erizada, de fauces atroces, ávida de nuestra sangre salada y caliente".
 
Del terror multiplicado de los pajaritos acurrucados en los setos que trinan "su prevención al cielo vacío" a la calma con que el hombre está acostumbrado a moverse se extiende la brecha entre el hombre y las aves -"Toda la mañana los pájaros la pasaron amuchados de miedo al halcón pero no volví a encontrarlo. Estoy seguro de que si yo también le tuviera miedo lo vería más seguido"-, que durante sus recorridos Baker intentará achicar.
 
Así, Baker no solo busca a los peregrinos, busca acercarse, crear un vínculo con ellos, sabiendo que, como se dice casi al comienzo, "no hay vínculo más grande que el del miedo compartido". El peregrino es, entonces, un libro sobre la transformación que entrañan los vícnulos; es, podría decirse, también una historia de amor.
 
La búsqueda -hunt en inglés, que hábilmente Marcelo Cohen traduce casi siempre por "cazar"- es obsesiva, apasionada, incluso amorosa. Pero también es, por momentos, una búsqueda detectivesca y hasta forense. Baker va reconstruyendo los pasos del halcón a partir del análisis de los restos de las presas que encuentra:
 
 "A las tres horas volví a los saladares y al pie del rompeolas, cerca de la marca de alta marea, encontré los restos de un gran somormujo lavanco. Había sido un ave muy pesada, tal vez de un kilo trescientos, y el cazador debía de haberle caído encima desde una altura considerable. Ahora pesaba menos de medio kilo. El esternón y las costillas estaban lisos. También se habían limpiado al máximo las vértebras y el largo cuello. Cabeza, alas y estómago habían quedado intactos. Los órganos expuestos, todavía calientes, exhalaban un leve vaho al aire glacial"
 
En otro momento, Baker encuentra el cuerpo de una agachadiza que, dice, "parecía una estrella muerta cuya luz verde y turquesa sigue parpadeando a través de largos años de luz". O encuentra las huellas de un peregrino y reflexiona:
 
"Apoyar la mano en donde había estado el peregrino hacía tan poco me provocó un sentimiento muy fuerte de proximidad, de identificación. Es extraño lo conmovedoras que son las huellas en la nieve. Casi parecen una delación vergonzosa de las criaturas que las dejan, como si hubiese quedado algo de ellas indefenso"
 
Pero lo que se busca resolver, en última instancia, no es el crimen sino, en todo caso, esa suerte de ecuación de distancia entre las partes de la naturaleza, entre el miedo y amor. La clave, como para los cazadores y los detectives, está en los detalles, que Baker registra y, sobre todo relata, con una gran precisión que consiste en gran medida en la capacidad de poner en comparación, de elaborar un complejo y hermoso sistema de equivalencias:
 
"Los peregrinos perfeccionan su poder de muerte mediante una práctica incesante, como los caballeros o los deportistas".
 
"Como el navegante, el peregrino vive en un mundo líquido sin lazos, un mundo de estelas y declives, de planos inclinados de tierra y agua".
 
"Desde los surcos no menos de dos mil zancudas me daban la cara como soldados de juguete en formación de combate".
 
"La caza de un halcón es como las brasas calientes de un fuego mortecino".
 
"[el halcón] parecía fundido en bronce como el casco alado de un vikingo".
 
 "El pájaro muerto quedó colgándole de las garras como un ahorcado".
 
"El mar respiraba en calma, como un perro dormido".
 
Las comparaciones que anidan por todo el texto funcionan, así, como mecanismo de aproximación entre especies y entre universos. Podría decirse que son una de las formas en que avanza en su búsqueda Baker, quien, vamos comprendiendo a medida que avanzamos en la lectura, es ante todo un escritor. O tal vez se vaya convirtiendo en uno, a medida que avanza él mismo junto al estuario con la mirada en el cielo, y es así que va volviéndose, también, detective, forense, fanático, amante, peregrino.