Horacio Quiroga

Horacio Quiroga

Horacio Quiroga nació en la ciudad uruguaya de Salto en 1878, pero pasó la mayor parte de su vida en Argentina, donde las múltiples tragedias que tuvo que enfrentar lo llevaron a alternar entre Buenos Aires y la selva misionera, escenario privilegiado de su literatura. Fue periodista, profesor, inventor y juez de paz. Escribió poemas, novelas y una obra de teatro pero, sobre todo, se destacaría como cuentista: Cuentos de amor de locura y de muerte, Los cuentos de la selva, Anaconda y El desierto son algunos de sus libros más famosos, con los que llegaría a convertirse en uno de los maestros latinoamericanos del género. Tras ser diagnosticado con una enfermedad terminal, Quiroga se quitó la vida el 19 de febrero de 1937.  

Horacio Quiroga. El orden de la selva.
 
En el año 1900, Horacio Quiroga, que había nacido el último día de 1878, se embarca rumbo a París, dispuesto a realizar el viaje iniciático que muchos escritores y artistas realizaban por entonces, con la excusa de la realización de la Exposición Universal y aprovechando una herencia familiar -su padre había muerto en el primero de los muchos incidentes con armas de fuego que marcarían su vida-. Pero todo saldría mal, como puede leerse en los diarios, que guardó Ezequiel Martínez Estrada y editorial Losada publicó como Diario de viaje a París. Quiroga, que había viajado como un dandi, se queda sin dinero y debe desprenderse de casi todo. Y en los círculos literarios parisinos no le prestan la atención que esperaba. Más bien todo lo contrario. Así, él, que esperaba volver convertido en un escritor al estilo siglo XIX vuelve listo para convertirse en un escritor profesional según los parámetros del siglo que comienza.
Como antes Roberto Payró, como más adelante Roberto Arlt, Quiroga trabajará como periodista para ganarse el sustento: en
Caras y caretas, en La Nación y en diversas revistas literarias. De ese trabajo recibirá no solo dinero y los primeros reconocimientos, sino también una aproximación de la escritura a lo real, que coincidirá con su alejamiento del modernismo. El modernismo había sido el primer gran amor literario de Quiroga, como puede verse en las poesías de Los arrecifes de coral, publicadas en 1901, es decir, cuando Quiroga tenía veintidós años. El modernismo, cuyo mentor y principal exponente fue el poeta nicaragüense Rubén Darío, caracterizado por una profunda renovación formal y cierto refinamiento asociado a un culturalismo cosmopolita, se había convertido desde fines del siglo XIX en una de las expresiones más importantes del arte, en especial literario, latinoamericano. Sin embargo, hacia 1910, comenzó a declinar.
Del período modernista, le quedaría a Quiroga, además del gusto por la poesía, la preocupación por el lenguaje y los contactos en algunas revistas literarias ligadas, la amistad con el que fuera tal vez el mayor exponente local del movimiento: Leopoldo Lugones. Quiroga y Lugones se hicieron amigos en 1898 y en 1903 emprendieron juntos un viaje que marcaría para siempre a Quiroga, completando el giro que se había iniciado en el otro viaje, cuatro años antes. Lugones convocó a Quiroga, fotógrafo aficionado, para documentar un viaje a las ruinas de San Ignacio, que en 1904 daría como resultado el libro El imperio jesuítico. Fue entonces que Quiroga conoció la selva misionera, el futuro escenario, de ahí en más, de su literatura y también de su vida. Ese mismo año, además, Quiroga publicó, aunque con poco éxito, su primer libro de cuentos: El crimen del otro.
De manera que es en esos años que se produce por primera vez la unión entre un formato -el cuento- y un escenario -la selva- que de ahí en más brindará a Quiroga su singularidad y su potencia en el campo literario latinoamericano. Quiroga escribió una obra de teatro -Las sacrificadas, en 1920-, dos novelas -Historia de un amor turbio, en 1908, y Pasado amor, en 1929 (como si los vaivenes del amor, tan turbulento en la vida de Quiroga, no pudieran comprimirse en la brevedad del cuento)- un libro de poesías, un diario de viaje y diez libros de cuentos. Finalmente, escribió también un conocido decálogo para cuentistas. El desbalance es evidente. Y salvo algunas excepciones, la mayor parte de los cuentos transcurren en la selva misionera, en el "monte". Y sobre todo, transcurren allí los cuentos de sus dos libros más famosos: Cuentos de amor de locura y de muerte (así, sin coma), de 1917, y Los cuentos de la selva, de 1918.
Aunque tal vez "transcurrir" no sea la palabra adecuada ni sea del todo preciso hablar de un escenario. Los cuentos de Quiroga no podrían transcurrir en otro lado. Nacen de la selva, de su lógica salvaje, tienen su clima sofocante y la claustrofobia de su violencia; sus protagonistas son seres de la selva, porque nacieron allí, porque se fueron a vivir allí o porque el destino les jugó una mala pasada y quedaron varados: es el caso de la pareja de "Los inmigrantes", uno de los cuentos más breves pero tan desesperante como cualquier otro. Los protagonistas de Quiroga son, casi siempre, seres inmersos en la selva, es decir, en su lógica.
Se trata, casi siempre, de una lógica implacable. En casi todos los cuentos de la selva, alguien muere, víctima de alguna de las fuerzas de una naturaleza considerada en sentido amplio: picaduras de serpientes, insolaciones, enfermedades, pero también accidentes con alambrados o con armas de fuego e incluso degollamientos. Y es que el hombre es también parte de esa naturaleza que a pesar de sus efectos devastadores sobre la vida, en los cuentos de Quiroga no es temida ni denostada. De hecho, denostar a la naturaleza, revestirla de maldad, implicaría considerarla alguna otra pero ya no naturaleza.
Borges, cuyo ascenso literario coincidió con el inicio del ocaso de Quiroga (un movimiento que era claro signo de los tiempos que corrían para la literatura), fue en muchas ocasiones muy crítico con la obra de Quiroga. En una ocasión, relata Bioy Casares que dijo: "Hasta Elsa se dio cuenta de que escribía muy mal; uno de sus cuentos empieza con las cosas que un hombre acostumbraba hacer; pero es tan bruto el autor que después, cuando una víbora lo pica y el hombre muere, parece que eso pasaba todos los días, que era parte de la rutina".
Aunque para extraer otras conclusiones, en algo tal vez habría que darle la razón a Borges: en el universo que construye Quiroga, los hombres son picados por víboras, tienen accidentes con armas de fuego, una y otra vez sucumben por el calor, la enfermedad o la sed, igual que los animales. El corazón de la selva late a un ritmo constante y en la repetición es la vida lo que una vez se destroza, aunque debemos suponer que también renace. Ese es el orden de la selva: el de la fatalidad, en todo caso, no el de la desgracia.
Claro que por más comprensión y aceptación que exhiban estos cuentos por el orden de la naturaleza, esa proximidad con lo salvaje propia de la sensibilidad de Quiroga -tanta, que hasta se oye lo que dicen los animales- termina por convertirse, en el lector, en empatía.  Como sucede en algunos autores norteamericanos que también contaron sus historias inmersos en el orden de la naturaleza y ceñidos a su ley, como Jack London, la desesperación y el horror que no asumen los narradores, y a veces ni siquiera los personajes, se traspasa al lector -vayan como ejemplo esos dos chiquitos de "El desierto" que se quedan solos y están parados en el umbral de la puerta, con su padre recién muerto en la habitación: miran llover-. De ahí el tremendo impacto que, desde chicos, nos vienen provocando los cuentos de Quiroga. Aunque hay que concederle que tuvo un miramiento para con los niños: "La tortuga gigante" es uno de los pocos cuentos en que el hombre enfermo, al borde de la muerte, no falla en su intento de huir del monte y llegar a la ciudad. Gracias a la ayuda de la tortuga -a la que él, por otra parte, había ayudado antes- consigue salvarse, a diferencia de lo que le pasa a los protagonistas de "Los mensú", "A la deriva" y tantos otros relatos, en los que al final se impone, fatal, la ley de la selva.