Virginia Woolf

Virginia Woolf

Virginia Woolf nació en Londres en 1882. Junto con su marido, Leonard, de quien tomó el apellido, fundó la famosa editorial Hogarth Press y fue una de las figura centrales de la sociedad literaria londinense de su época. Publicó cuentos, ensayos y sobre todo novelas, como La señora Dalloway, Orlando, Al faro y Las olas. Murió  en 1941, a los 59 años, al arrojarse al río con los bolsillos llenos de piedras.

Virginia Woolf.
Un paisaje en el que todo menos las nubes había cambiado

 
En el período de entreguerras, Virginia Woolf fue una figura central de la sociedad literaria de Londres. Participó de las reuniones del círculo de Bloomsbury, un grupo de intelectuales entre los que se contaban el economista John M. Keynes y el filósofo Ludwig Wittgenstein. Allí, Virginia conoció a su marido, con quien fundaría la editorial Hogarth Press, en la que, además de la obra de la propia Virginia, publicaron Katherine Mansfield, T.S. Eliot y Sigmund Freud.
 
Es en esos años que Virginia escribe sus novelas más famosas: La señora Dalloway en 1925, Al faro en 1927, Orlando: una biografía en 1928, Las olas en 1931, y también, en 1929, Un cuarto propio, el largo ensayo que la convirtió en una precursora del feminismo del siglo XX. Una de sus principales preocupaciones era la dificultad de las mujeres para consagrarse a la escritura en un mundo dominado por hombres. De allí la famosa formulación de ese ensayo: para dedicarse a escribir, una mujer tiene que tener un cuarto propio y una renta.
 
Las protagonistas de sus novelas casi siempre son mujeres. La más conocida tal vez sea la señora Dalloway, con sus preparativos de fiesta a lo largo de un día. Una notable excepción es la de Orlando, una novela que se presenta como una biografía, supuestamente basada en la vida de una amiga y también amante de Woolf, Vita Sackville-West. La protagonista, sin embargo, vive a lo largo de varios siglos y va cambiando de género, a veces es hombre y a veces mujer. En ese sentido, se trata de una novela completamente disruptiva del género, tanto literario -el género biográfico- como el género sexual.
 
Virginia Woolf vivió parte de su vida bajo la hipocresía moralista del reinado de Victoria: una época de condena absoluta a cualquier comportamiento sexual disidente, o más bien: a cualquier comportamiento disidente.
 
Y luego a Woolf le tocó vivir la Primera Guerra Mundial, de unas dimensiones y una incidencia en la vida de la población civil como nunca antes se había visto: verdaderamente la primera guerra del siglo XX, y hasta el hito que marca el inicio del siglo XX, según el historiador Eric Hobsbawm. Para Walter Benjamin, la Gran Guerra constituye un punto de inflexión en la narración, específicamente en la capacidad de la narración de transmitir una experiencia, como sucedía antes, en los tiempos de la narración oral, cuando narrador y oyentes compartían un mundo que más o menos se mantenía constante: .
 
"La cotización de la experiencia ha bajado y precisamente en una generación que de 1914 a 1918 ha tenido una de las experiencias más atroces de la historia universal. Lo cual no es quizás tan raro como parece. Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable. Y lo que diez años después se derramó en la avalancha de libros sobre la guerra era todo menos experiencia que mana de boca a oído. No, raro no era. Porque jamás ha habido experiencias tan desmentidas como las estratégicas por la guerra de trincheras, las económicas por la inflación, las corporales por el hambre, las morales por el tirano. Una generación que había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos, se encontró indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes había cambiado, y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de explosiones y corrientes destructoras estaba el mínimo, quebradizo cuerpo humano".
 
Benjamin se suicida en 1940, cuando comprende que no va a poder escapar de los nazis que lo vienen persiguiendo. Virginia Woolf se suicida en 1941, tirándose al río con los bolsillos llenos de piedras.
 
Eric Auerbach, filólogo alemán de origen judío que había combatido en la Primera Guerra, con el ascenso del nazismo se ve obligado a dejar su puesto de profesor y a emigrar a Estambul, donde escribe una obra monumental, fundamental para la crítica literaria: Mímesis, la representación de la realidad en la literatura occidental. El primer capítulo está dedicado a la Odisea; el último, a Al faro, de Virginia Woolf.
 
Allí, como en otro sentido lo hicieron Benjamin, y la propia Virginia Woolf, Auerbach se pregunta por las posibilidades de la narración y, en especial, de la narración que toma por objeto la realidad, en un contexto en que no solo esa realidad parece resquebrajarse, sino también todas las certezas que habían guiado al hombre en su relación con el mundo hasta el siglo XIX. Basta pensar en quienes, para Focuault, fundan la discursividad del siglo XX: Marx, Nietzsche y Freud. Marx, que plantea la idea de que el motor de la historia es la lucha de clases, es decir, que el agente de la historia es la clase en su relación con otras clases, no el individuo. Nietzsche, que con la famosa frase de "Dios ha muerto" da por anulada toda posibilidad de explicación total, trascendente. Y Freud, a quien, recordemos, Virginia Woolf editó, que postula la idea de que existe un inconciente, una parte del sujeto que el propio sujeto no conoce.
 
A la luz de todo esto, es posible extender la idea de Benjamin, y decir que no solo el cuerpo humano: también la noción de sujeto se vuelve frágil y quebradiza. Es decir, se produce un cambio fundamental en la idea de un sujeto centrado, a partir del cual el mundo es cognoscible: un cambio fundamental en la misma inteligibilidad de la realidad.
 
Y es allí -desde allí- que escribe Virginia Woolf sus monólogos interiores, procedimiento literario que instauró junto con James Joyce, por medio del cual la historia es narrada como desde el interior de la conciencia de un personaje, siguiendo el hilo, a veces caótico, de su pensamiento y que remeda la hilación de la asociación libre, ese método propio del psicoanálisis que forma parte del horizonte en que se despliegan estas nuevas formas de la escritura a comienzos del siglo XX. Esta asociación, tanto en literatura como en psicoanálisis, muchas veces tiene un disparador arbitrario, nimio, irrelevante, como la magdalena que desencadena la memoria en otra gran obra de esos años: En busca del tiempo perdido. A su vez, en el monólogo interior, se produce una distorsión del tiempo: una escena puede durar un instante, pero el pensamiento, toda la deriva de que es capaz el pensamiento en un instante, al ser puestos por escrito toman un tiempo mucho mayor.
 
Lo que se pone de manifiesto es, en primer lugar, el desfasaje entre yo y mundo, entre mundo interior y mundo objetivo, lo que supone, en última instancia, una imposibilidad o por lo menos una dificultad del yo para aprehender el mundo. Y, en segundo lugar, un desfasaje entre lenguaje y mundo. Es algo similar a lo que plantea Borges en "El aleph" cuando se enfrenta a la imposibilidad de poner por escrito, es decir, en forma sucesiva, lo que percibió de modo simultáneo.
 
Lo que se pone de manifiesto, en definitiva, es la imposibilidad de la narración de reponer una totalidad, un mundo completo.
 
Eso se ve muy claramente en la escena de Al faro que analiza Auerbach, aquella en que la Señora Ramsay trata de medir en su hijo menor una media que está tejiendo. Aunque la acción dura un segundo, la narración se extiende por varias páginas: por medio de digresiones, se aleja de la escena junto a la ventana hacia otros tiempos y espacios, hacia otros personajes en cuya conciencia incluso se apoya. Y es que el monólogo interior asume en esa novela una forma peculiar, que Auerbach llama "representación pluripersonal de la realidad".
 
En Al faro, la narración va pasando continuamente de un punto de vista al otro, de una conciencia a otra, de una perspectiva a otra, de un modo tan brillante que no se notan los pasajes. Así, dice Auerbach, un mismo "asunto aparece bajo una luz cambiante", tal como sucede en el impresionismo -contemporáneo al tiempo en que transcurre la novela-, que busca reproducir no el objeto sino la impresión que produce un objeto, bajo determinada luz, al punto que el propio objeto se desdibuja -algo muy similar a lo que busca Lily, uno de los personajes de Al faro que a lo largo de toda la novela intentará pintar un cuadro con su caballete al aire libre-.
 
Ya no hay tal punto de vista objetivo, no hay nada por fuera de la conciencia del personaje, o mejor dicho, de las conciencias de los personajes. Hay, en todos los personajes, en este fluir de las conciencias, una especie de centro, que es la propia Señora Ramsay, lo que Auerbach llama su enigma. Y es en torno a ese enigma que las conciencias confluyen, sin resolverlo.