Juan Rulfo

Juan Rulfo

Juan Rulfo nació en el estado mexicano de Jalisco en 1917. En 1953 publicó el libro de relatos El llano en llamas y dos años después la novela Pedro Páramo. En 1970 recibió el Premio Nacional de Literatura. Además de escritor, fue fotógrafo y cineasta. Falleció en la Ciudad de México en 1986.

Tanta y tamaña tierra para nada. Juan Rulfo
 


Suele decirse que Juan Rulfo nació en San Gabriel, pero eso no es del todo exacto, como él mismo se encargó de aclarar en las pocas entrevistas que concedió durante su vida: en realidad nació en Apulco, un pueblo tan pequeño que no figura en los mapas. De allí el equívoco o, más bien, la simplificación. También su nombre es de alguna manera una simplificación: la abreviatura de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno que Juan Rulfo eligió para sí.
 
El gusto por la sencillez que Rulfo confiesa y que deriva en esos gestos de austeridad respecto de su biografía parece haber dado también la cifra de su carrera literaria: solo escribiría tres obras, una de las cuales, la novela breve El gallo de oro, apenas sería conocida. Las otras dos, en cambio, el libro de relatos de El llano en llamas y la novela Pedro Páramo, ocuparían en cambio un lugar fundamental en la historia literaria. Y es que la sencillez tiene, como reverso, la condensación.
 
De allí todo lo que cabe en unas pocas páginas, comenzando por los paisajes que, podría decirse, son los auténticos protagonistas de la obra de Rulfo. El llano, el páramo: grandes superficies semidesérticas que, imagina uno al leer, reproducen palmo a palmo el paisaje de los estados mexicanos de Jalisco y Colima. Sin embargo, cuando le pregunten, Rulfo dirá que eso tampoco es del todo cierto: "Lo único que hay de real es la ubicación". El resto es recreación. Quien quiera ir hoy a encontrar esos paisajes -como de hecho han ido, ya en vida de Rulfo, y siguen yendo hoy, en el centenario de su nacimiento, múltiples excursiones culturales- no los va a encontrar.
 
El llano en llamas está compuesto hoy por diecisiete cuentos, luego de que en la reedición de 1972 se agregaran "El día del derrumbe" y "La herencia de Matilde Arcángel"  a los quince de la edición original, de 1953. En ese mismo año, comenzó a escribir Pedro Páramo. Terminarla le llevó unos pocos meses, porque ya la tenía en la cabeza. Y eso que, él lo sabe, es una novela muy difícil, una novela de fantasmas sostenida en una estructura tan compleja como sólida, que "hay que leer tres veces para entender. Incluso ante el comentario de un entrevistador de que Pedro Páramo ha hecho escuela y que muchos de los jóvenes de esos años estaban intentando remedar su estilo, Rulfo responderá, sin jactancia ni falsa modestia, que no van a poder.
 
Lo único real es la ubicación: en el espacio, desde luego, pero también en el tiempo. Los inicios del siglo XX, el final de la Revolución Mexicana y, sobre todo, las revueltas cristeras son el telón de fondo de muchos de los cuentos de El llano en llamas, en especial del que da nombre al volumen.
 
Cuando en 1926 el nuevo gobierno decidió implementar una serie de medidas tendientes a limitar el culto religioso, la población campesina se alzó en armas. Muy rápidamente, sin embargo, la rebelión perdió su razón de ser y se prolongó hasta 1929 bajo la forma de una guerra generalizada, marcadamente violenta, en la que Rulfo pasó su infancia y, además, perdió a sus padres.
 
Al recordar esos años, Rulfo dijo:
"Nunca encontré ni he encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica". "Entonces viví en una zona de devastación. No sólo de devastación humana, sino devastación geográfica".
 
Las tierras que recrea Rulfo parecen desiertos: no tienen sombra ni agua, no tienen, casi, animales. Son áridas, polvorientas, calurosas. Las tierras que recrea Rulfo son yermas: no dan prácticamente nada y lo que dan se pierde.
 
Y en ellas están -a duras penas puede decirse que viven; a veces ni siquiera eso-, igual de devastados, aquellos que nada tienen: los marginales, los desahuciados, los que tras la independencia de España y la Revolución Mexicana quedaron fuera de todo. Personajes sin rostro, sin esperanza, sin tierra o con una tierra asignada que mejor sería no tener. En "Nos han dado la tierra", primer cuento del libro, situado en el contexto de la reforma agraria, así se describe la tierra obtenida:
 
"Vuelvo hacia todos lados y miro el llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no encontrar cosa que los detenga. Solo unas cuantas lagartijas salen a asomar la cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que trabajar aquí, ?qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos dieron esta costra de tepetate para que la sembráramos".
 
Desperdigados como puntos que de tan chiquitos no aparecen en el mapa están ellos, los pobres: unas veces honrados como el padre de "Es que somos muy pobres", uno de los pocos relatos de marcado tono humorístico, que regala una vaca a su hija para que se case bien -pero la vaca se pierde en la inundación y con ella se va la esperanza-; la mayoría de las veces bandidos. Son "los de abajo", como los llamó Mariano Azuela en su novela emblemática de la revolución mexicana, a los que sin embargo ya no les queda siquiera el horizonte revolucionario. Pueden robar o incluso matar sin razón.
 
Y del mismo modo, caminan. Los personajes de Rulfo se desplazan por el territorio. Comercian, pastorean, se mudan de un pueblo a otro o emigran tras la promesa de una vida mejor o, casi siempre, huyen, de la ley o de los bandidos -en algunos casos no queda claro de qué lado está la ley y de qué lado están los bandidos-, tratan de salvar el pellejo. Y terminan por comprobar, una y otra vez, que no hay a dónde ir.
 
Así, la pobreza tiende a permanecer, a continuarse. Si es cierto que uno de los vínculos principales en las historias de Rulfo es el de padres e hijos -recuérdese el célebre comienzo de Pedro Páramo: "Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo"-, este no asegura más herencia que la de la desgracia: padres e hijos se echan cosas en cara, se abandonan, se piden ayuda y la mayor parte de las veces, no se ayudan. No hay salida geográfica, pero tampoco humana.
 
Y si el futuro supone una condena, sus raíces hay que buscarlas en el pasado. Sin embargo, el pasado es nebuloso: el alcohol, que ayuda a soltar la lengua, lo llena de manchas. Y de todas maneras, la propia memoria es imprecisa, engañosa. Es que se trata de una memoria oral.
 
En efecto, los relatos de Rulfo son impensables sin la oralidad, sin el lenguaje de los personajes pero también de los narradores, cuando no coinciden con aquellos. Muchas veces los cuentos son largos monólogos o diálogos, como el de "El día del derrumbe", donde dos personajes van completando la historia, que a duras penas consiguen recordar, de la vez que el gobernador visitó el pueblo. Y en Pedro Páramo son las propias voces las que conforman la estructura sólida y compleja que singulariza y sostiene a la novela.
 
Incluso podría decirse que son las voces, en la narrativa de Rulfo, lo único que hay. Lo que permite ubicar en el mapa de México esos puntos invisibles son las puras voces fantasmales que el viento cálido traslada y expande.